Re-empatía

Tras muchos años dedicándome a esta profesión tan apasionante y, a la vez, tan difícil, como es la Enfermería, tuve la suerte de volver a vivir y sentir algo que se me había ocultado tras un caparazón de hierro.

Cada día vivimos situaciones de especial sensibilidad, de lucha y de dolor, de miedo y esperanza. Los enfermeros y enfermeras analizamos cientos de situaciones cada día y actuamos sobre ellas, de la mejor forma que podemos y sabemos. Nuestra profesión es una labor activa, la basamos en intervenciones y actividades. Vemos pacientes, problemas y situaciones e, inmediatamente después, hemos valorado y planificado la actuación correcta, pero se trata de personas, y eso lo cambia todo. Un paciente, no un número, una persona, no una cosa, pero en el día a día vemos tal cantidad de datos que nos volvemos “calculadoras autómatas”.

Tuve la “suerte” de volver a vivir una situación, un problema de salud, que necesitaba una pronta actuación. Un paciente de 63 años, con demencia tipo alzhéimer desde hace siete y con una severidad y avance veloz y flagrante, como es en esta enfermedad, con problemas secundarios al propio deterioro, pero comunes al inicio en la edad de jubilación.

José estaba sufriendo, fue diagnosticado de hiperplasia de próstata benigna (HPB), la cual le había provocado secundariamente una oclusión de uretra y había sido intervenido en el hospital para la implantación de una talla suprapúbica, con dolor secundario al problema prostático de base.

No podía expresar su dolor, no podía hablar, pero sus gestos, sus expresiones lo decían todo.

Cuando empiezas en el mundo de la Enfermería, tus ojos están abiertos a miles de experiencias a veces tediosas, pero son nuestra vocación y preparación las que nos ayudan y preparan para vivir con ellas, superarlas y, lo más importante, ayudar y cuidar en todo lo que podamos.

Después, según pasan los años, incluso tienes la suerte de enseñar a otros. Chicos y chicas jóvenes que quieren aprender de la voz de la experiencia y es entonces cuando explicas una de las bases de nuestra profesión: la empatía.

Les dices la definición de dicha palabra, les pones ejemplos y te cercioras de que lo han entendido. Han entendido dicha explicación, pero la respuesta viene con el tiempo. Llega cuando has mirado a los ojos de ese paciente que sufre, llora o ríe. Llega cuando el hermano de José te mira directamente y te pide ayuda. Necesita que hagas algo. Para empezar, le explicas la situación basal del paciente. En tu cabeza has analizado, sabes su historia clínica, enfermedades, tratamiento y toda la vida del paciente, porque los enfermeros tenemos esa capacidad.

Después le explicas las alternativas. El traslado a un servicio especializado de tercer nivel, ya que en un centro residencial las actuaciones son limitadas. Acto seguido llevas a cabo las medidas y actividades enfermeras para aliviar el dolor que ya se había programado mientras relatabas las explicaciones, y después te pones en su piel.

Conoces toda la información y ahora sientes y te dejas llenar por todas esas dudas que te conmueven. Todos esos miedos y esas esperanzas de recuperación, pero también sabes que son limitadas, el enfermero te lo ha explicado muy bien. Y es gracias a volver a sentir la empatía cuando está completo todo el círculo de la Enfermería.

Capaces de trabajar y cuidar de los demás con la suficiente entereza para tratar cada situación adversa y, a la vez, sentir las emociones de los demás.

La re-empatía es volver a saber que puedes entender a los demás, que no has hecho una coraza a tu corazón y que, para evitar pasarlo mal, has dejado de mirar directamente a los ojos de los demás.

La re-empatía es volver a mirar, sentir, ayudar, cuidar y, después, cuando acaba tu turno, volver a casa.

Para volver al día siguiente, sabiendo que igual José ya no está con nosotros pero que hiciste todo cuanto estaba en tu mano. Responsable de tus actuaciones, las mejores que se podían hacer. Tranquilo por sus familiares, agradecidos cuando se marchaban por dedicarles tu tiempo, por aliviar su dolor, por cuidar de José y por ser quién eres, alguien que da su vida para cuidar la de los demás. Eso es la Enfermería.

Hay quien olvida, se cansa o sufre con los percances y achaques de otros. Cada día lo vemos en compañeros que, siendo vulnerables, han aprendido a lidiar con sus emociones y con las de los demás, sobre todo cuando el sufrimiento está presente en el día a día. Situaciones sobrecogedoras que hacen volver de piedra a muchos. No dejan de ser grandes profesionales, no dejan de trabajar y llevar con empeño sus funciones. Pero son piedras.

Lo que José me llevó a comprender es el poder de tener empatía de nuevo. Capturar el momento, vivirlo, actuar y realizar el mejor trabajo que sabemos.

Realizarlo cada día. Mirar los ojos de los pacientes y sus familiares, con la sapiencia que dan los años, la prudencia de explicar cuanto sea necesario, sin caer en el menosprecio del desconocimiento ni infravalorar al que ignora el curso de la enfermedad. Dedicar el tiempo que sea necesario, sin mirar el reloj, para llegar a hacerles comprender qué sucede y qué puede suceder después. Actuar sin demora en la consecución de los objetivos planteados y, en definitiva: cuidar.

Maldonado Maldonado P. Re-empatía. Metas Enferm jun 2018; 21(5):79-80

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