Regalo envenenado

Cuando más tranquilos estábamos. Cuando creíamos que todo funcionaba a la perfección. Cuando fluíamos. En ese momento en que trabajábamos relajados, llegó el rumor.

La propuesta de un cambio radical que afectaría a todo el servicio. Lo venden como un premio. Prometen que no afectará en nada y eso… me hace sospechar. Entonces, ¿para qué un cambio? Asustados, revolucionados, comentamos entre nosotros. Carecemos de información, nos falta formación. Surgen las dudas, las sospechas… Acudimos a los sindicatos para que nos asesoren.

Se presentan rápido. Reparten decretos, leyes y normativa. Nos lo explican, aclaran dudas y responden a nuestras preguntas. Aportan su opinión. El sentir general es de rechazo y queremos hacer algo. ¿Qué podemos hacer?

Soy enfermera. También representante sindical y miembro de la Junta de Personal de mi área de salud, órgano cuya función es la defensa de sus trabajadores. Voy a informar a mis compañeras de profesión y al resto de trabajadores de un servicio del hospital porque me han llamado. Me he preparado bien el tema. Acudo con un compañero experto que ya ha vivido la situación en su servicio. Llevamos la normativa aplicable. Respondemos preguntas, resolvemos dudas o las apuntamos para luego buscar la información y ajustarnos a la verdad. En esta labor, que te pillen en un error se paga muy caro. Los sindicatos no están bien vistos. Los sindicalistas estamos demonizados. Nadie te quiere cerca, salvo si te necesita y en estos casos, la mayoría simplemente te tolera. En esta tarea hay muchísimo trato personal, individual y de imagen con nombre y apellidos. El sindicato no abre puertas a este nivel, te da con ellas en las narices las más de las veces.

Aunque hacemos visitas rutinarias para monitorizar el hospital, esta vez acudimos porque nos han requerido expresamente. Necesitan ayuda. Información y una iniciativa que les permita defenderse de lo que se les viene encima. Se propone en primera instancia un escrito en contra de la propuesta de cambio. Habrá que firmarlo, con DNI, para presentarlo ante el gerente e impedir que el proyecto prospere en su fase de propuesta.

Para que sea efectivo, deben firmar cuantos más, mejor. Puede hacerlo cualquier trabajador del servicio, no importa su categoría profesional. Sin embargo (aunque tristemente, según pronóstico), conseguir las firmas es un trabajo titánico, agotador y desgastador.

Paso por el servicio todos los días, un rato, con prudencia y educación. Respondo preguntas. Explico, aclaro, entrego copias de los documentos que avalan lo que digo. Dejo que las personas tomen sus decisiones y actúen según su propio criterio. Obtengo firmas con cuentagotas.

Encuentro miradas desconfiadas, trato distante, cortante y hostil algunas veces. En menos ocasiones hay motivación, ilusión, apoyo y ganas de hacer algo.
Cada uno va a lo suyo. Parece que lo que interesa es salvar el propio terreno. Pareciera que las iniciativas conjuntas se interpretan como pérdida de derechos propios en beneficio de otros.

Llego a la conclusión de que, a veces, lo que realmente se pretende es quedarse como están, que no quieren hacer nada, que prefieren seguir igual pero que el problema desaparezca solo, que no haya sucedido nunca. Que solo se acuerdan de Santa Bárbara cuando truena, cuando las cosas están negras. No interesa si no afecta personalmente o supone un derrumbe de su tranquila vida. Cuando no sienten peligro propio, pasan. No se plantean que no hacer nada ahora puede suponer pagar caras las consecuencias en el futuro. Puede que ahora no te afecte personalmente, pero ¿acabarás pagando?

Sé con seguridad, porque me pasa constantemente, que luego dirán: «mira lo que nos ha pasado y vosotros, los sindicatos, no habéis hecho nada».

Sonia Palencia – Enfermera de trinchera

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