La tragedia de los afectados por el aceite de colza, una historia para no olvidar. Visión enfermera

Hace ya 37 años que sucedió y miles de personas siguen padeciendo sus secuelas. El síndrome del aceite tóxico (SAT), también conocido como síndrome tóxico o enfermedad de la colza, fue noticia en todas las televisiones y hogares de España, una enfermedad que ya se ha cobrado más de 4.000 vidas y ha afectado a otras 25.000.

Todo comenzó en 1981 con la mayor intoxicación alimentaria que ha habido en España a causa de la venta del aceite de colza, un tipo de aceite que tiene unas propiedades nutricionales que fueron destacadas. Además, era muy llamativo por su precio económico, hasta el punto de convertirse Europa en el principal productor tras introducirse su cultivo después de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, todo cambió rápidamente después de que comenzara a elevarse el número de ingresos hospitalarios, se trataba de personas intoxicadas por una serie de contaminantes que aparecieron en el aceite a consecuencia de su tratamiento y manipulación, llevándose muchas vidas por delante.

Algunas personas murieron pero el resto de afectados que consiguieron sobrevivir no han podido llevar una vida normal, han tenido que arrastrar sus consecuencias: fatigas, contracturas, problemas en articulaciones o daños en el estómago, en el hígado, los pulmones y el páncreas, entre otros muchos órganos. El problema es que no fue hasta 1989 cuando el Tribunal Supremo de España consideró probada la relación de causalidad con el aceite de colza, a pesar de que hubo varios estudios epidemiológicos que avalaron varias veces que había evidencia científica de que el consumo de dicho aceite desnaturalizado era la causa de la aparición de la enfermedad.

Síndrome del aceite tóxico
Jaime Vaquero, un niño de Torrejón de Ardoz, Madrid, fue la primera persona que murió a causa de la entonces desconocida enfermedad, pero en seguida fueron surgiendo nuevos afectados y fallecidos, llegando a provocar un gran temor entre la población. Yolanda González Gago, enfermera palentina de 50 años, fue una de las personas afectadas, cuenta en primera persona la pesadilla por la que pasaron y por la que aún tienen que hacer frente debido a las graves secuelas que le quedaron. “Había mucho miedo. Muchas personas del pueblo resultamos envenenadas. La noche que me ingresaron estuve con vómitos, mucha fiebre y sensación de ahogo. Mi padre me llevó al hospital y me dejaron ingresada en una habitación con aislamiento. Debió de ser por mi edad que yo no estaba asustada, pero mis padres y mi hermano lloraban porque tenían mucho miedo”, relata.

Los afectados no sabían reaccionar ante la enfermedad, era demasiado desconocida por aquel entonces, nadie sabía a lo que se enfrentaban. Los síntomas eran muy diversos, “al principio del envenenamiento tenía trastornos neuromusculares (no podía caminar, me dolían mucho las piernas), fatiga, disnea, alteraciones cutáneas, anorexia, insomnio, sequedad de mucosas, eosinofilia, pérdida de peso”, explica Yolanda, pero además no todo quedaba ahí, psicológicamente sufrieron, y aún continúan sufriendo, trastorno psicológico debido a la baja autoestima. “Te sentías enfermo y débil con respecto al resto de tus compañeros de clase”, relata esta enfermera de Madrid.

A pesar de que han pasado más de 30 años, las secuelas son visibles a día de hoy. Yolanda continúa con hipertensión pulmonar leve, fatiga precoz y crónica, alteraciones dérmicas, hematomas y contracturas. Una enfermedad muy dura por la que siguen luchando día tras día y que, tal y como afirma, influyó en que se decantara por la profesión enfermera: “el padecimiento de este envenenamiento sí influyó en la decisión de estudiar Enfermería y, aunque no me ha impedido desarrollar mi trabajo como enfermera, sí me ha hecho salir muy agotada en muchas ocasiones”, explica.

El papel de los enfermeros
Se trata de una enfermedad de la que no se tenía mucha información, la propia afectada, Yolanda González, confiesa haber sido ella misma la que mostró interés por averiguar más acerca de su envenenamiento: “Es muy desconocida, de hecho los médicos jóvenes no lo estudian en las facultades. No nos han informado de nada, muchos aspectos de la enfermedad los conozco por mi interés y mis conocimientos”, afirma. Y es que, aunque depende de cada persona, requiere grandes cuidados, ayuda médica y psicológica, medicación… “Algunos afectados se quedaron imposibilitados en una silla de ruedas y con necesidad permanente de oxígeno, esas personas son grandes dependientes y como tal necesitan un gran soporte de cuidados humanos, farmacológicos, sociales… otros convivimos con nuestros síntomas e intentamos llevar una vida lo más normal posible”, explica.

Representantes de la plataforma “Seguimos viviendo”

Por todo ello, la figura de los profesionales sanitarios, y en concreto el de los enfermeros, es muy importante para que los afectados puedan seguir con su día a día a pesar de las graves secuelas a las que tienen que hacer frente, algo que conoce muy de cerca Yolanda que, además de ser una más entre los miles de afectados, ejercer de la profesión. “El papel de la enfermera siempre es significativo, estamos ahí en primera línea de fuego. Nuestra actitud es muy importante a la hora de hacer sentir bien o mal a las personas. Me emociona y me enorgullezco cuando los profesionales son competentes, empáticos y humanos…”.

En busca de soluciones
Treinta y ocho aceiteros fueron procesados por la Audiencia Nacional, unas sesiones que se prolongaron hasta 1988, y cuya sentencia no se dictó hasta un año después. Finalmente el tribunal determinó que cientos de personas habían fallecido por el síndrome y estableció unas indemnizaciones para los herederos por persona fallecida y para los afectados, según sus síntomas y grado de invalidez. Sin embargo, las personas afectadas se sienten que, una vez indemnizados, fueron olvidados sin tener en cuenta que las secuelas iban a quedar de por vida.

Por todo ello, desde hace varios años lanzaron “Seguimos viviendo”, la plataforma de afectados del síndrome tóxico, donde reivindican que, pese a las evidencias científicas y las recomendaciones internacionales acerca de la vigilancia del SAT, su enfermedad ha caído en el olvido. Con esta plataforma pretenden conseguir varios objetivos básicos: reclamar a las instituciones la reparación moral a todas las víctimas, que se investigue más su enfermedad y se estudie en las facultades de Medicina, la creación de un centro médico especializado de referencia para atender sus secuelas y, por supuesto, apoyo psicosocial para las víctimas porque, aunque cuentan con ayudas económicas, familiares y domésticas, estas siguen siendo muy precarias y no quieren caer en el olvido y que acabe siendo una enfermedad más sin estudiar.

Yolanda González es una de las víctimas que pertenece y colabora en este grupo y es que, según afirma, “rodearse de personas también afectadas, te ayuda a seguir luchando por los mismos objetivos, pero a la vez te recuerda la tragedia que sufrimos con ese envenenamiento… Gracias al trabajo de la plataforma se están iniciando algunos proyectos de investigación en el Instituto de Salud Carlos III (Centro Nacional de Enfermedades Raras)”, concluye.

En el caso de Yolanda no solo se vio ella afectada en su familia, sus padres también lo están y, aunque saben que queda un largo camino por recorrer y mucho por lo que seguir luchando, solo esperan que ocurra una cosa en el futuro: poder tener paz, tranquilidad y que sus peticiones sean escuchadas y tenidas en cuenta para acabar, de una vez por todas, con una enfermedad que llevan más de 30 años padeciendo y tener una mejor calidad de vida.

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