Enfermería penitenciaria: de puertas adentro en una prisión

Enfermería del trabajo, de salud mental, familiar y comunitaria, geriátrica, pediátrica… hay muchos títulos de enfermero especialista en España, pero poco se habla de la Enfermería penitenciaria. En la mayoría de los casos al hablar de sanidad, y en este caso de Enfermería, la mayor parte de la sociedad piensa en un hospital y es muy bajo el porcentaje que en su mente se imagina un profesional enfermero en otro entorno, como puede ser una prisión. “¿Llevas pistola? ¿Los internos van con monos naranjas? ¿Están esposados cuando los atendéis? ¡Tranquila, eres muy joven ya encontrarás un trabajo mejor!” son algunas de las frases a las que tienen que hacer frente cada día los enfermeros que trabajan en algún módulo penitenciario al ser un ámbito bastante desconocido, del que no se habla habitualmente y cuya imagen dista mucho de la realidad.

Si hacemos un repaso por la historia, no hace tanto tiempo que apareció esta identificación ya que, mientras otros países europeos contaban con anterioridad con servicios médicos en estas instituciones, hasta el siglo XIX no aparece en España el concepto “Sanidad penitenciaria” en el ordenamiento legala, como elemento propio de las prisiones. Esta abarcaría todas aquellas actividades promovidas en los centros penitenciarios y estaría encaminada tanto a la prevención y restauración de alteraciones de la salud, como la promoción de hábitos de vida saludable y la reinserción social de personas con privación de libertad intentando luchar contra las desigualdades en la salud.

Entrar a formar parte del cuerpo de enfermeros de las instituciones penitenciarias no es sencillo, Esther Movilla Urdín lleva más de diez años dedicándose a ello y aún recuerda lo duro que fue todo ese tiempo que dedicó única y exclusivamente a estudiar, dejando atrás y rechazando otras ofertas, como trabajos esporádicos, para que nada pudiera interferir en el proceso y obtener su plaza. Sumado al tiempo de estudio, hay otro rasgo importante a destacar en esta área, y es su desconocimiento, ya que la mayoría de la sociedad no sabe con exactitud qué labor realizan. “La dificultad de esta oposición radica, a mi parecer, en que no hay muchas academias ni preparadores especializados en la materia, ni tampoco un temario concreto y actualizado. En mi caso tuve que reelaborar bastantes temas. Además de esto, al ser una oposición de carácter estatal, sabes que en caso de aprobar debes estar dispuesto a moverte por la geografía española, a estos handicaps hay que añadir que tendrás que superar tres fases de ejercicios eliminatorios y que con suerte te enfrentarás hasta cinco veces al tribunal”, explica Esther.

Un proceso arduo pero satisfactorio y asequible con constancia y esfuerzo, y rodeado de estigmas, puesto que otro de los mitos al que tienen que hacer frente son los peligros que la sociedad cree que tienen que vivir a diario estos profesionales. S.C.H (prefiere mantener la privacidad de su identidad), enfermera de la prisión Madrid VI (Aranjuez), explica que viven todo lo contrario, “sin duda estamos en contacto directo con una población potencialmente conflictiva en nuestro quehacer diario, pero he de decir que, en general, los/as internos/as son respetuosos, valoran y agradecen mucho nuestro trabajo. Las agresiones al personal sanitario son muy raras”. Una opinión que comparte con la enfermera Esther Movilla, puesto que en sus 13 años como enfermera en instituciones penitenciarias asegura que jamás ha tenido ningún incidente en el que llegara a pensar que su integridad física corriera algún tipo de peligro. “Considero que incluso podríamos tener menos riesgos que cualquier otro sanitario de cualquier otra administración en cuanto a agresiones físicas o verbales, o al menos así lo percibo cuando me comparo con otras compañeras enfermeras del ámbito hospitalario”.

El trabajo en prisión

A pesar de la dura preparación y lo poco reconocida que está actualmente, son muchos los profesionales que se decantan por especializarse en ello y, normalmente, se debe a dos factores: en primer lugar pensar en un trabajo fijo de aquello en lo que se han formado y, por otro lado, dejar atrás la inestabilidad y precariedad laboral. Dos motivos importantes que influyeron a la hora de lanzarse a por el puesto, pero que tienen que ir acompañados de altruismo. “Lo que me hace permanecer aquí es la labor ingente que tenemos por desarrollar; creo que los profesionales de instituciones penitenciarias realizamos un trabajo importantísimo, del cual se deriva un gran impacto para la salud pública”, puntúa la enfermera S.C.H.

Aunque en todos los centros no se lleva a cabo la misma organización (tienen diferentes estructuras y dotación de personal) todos ellos cuentan con médicos, enfermeros, técnicos en cuidados auxiliares de Enfermería, farmacéuticos, técnicos de rayos, fisioterapeutas y diferentes especialistas que realizan una labor semejante a la de un centro de salud pero con ciertas peculiaridades: dispensación diaria de metadona o la preparación y el reparto de la medicación, atención a pacientes crónicos, intervención en el seguimiento de embarazos en los módulos de madres, vacunaciones, etc.

Pese a saber que están trabajando con personas potencialmente conflictivas, estos profesionales aseguran tener una relación cercana con los internos “hay que recordar que el papel de enfermera es para cuidar y no para juzgar, siempre les tratamos con respeto e intentamos que sea recíproco y cuando no es así procuramos también educar”, comenta Esther.

Un trabajo que cada día es diferente y del que aseguran llevarse experiencias muy buenas como los talleres de masaje infantil con las mamás, papás y bebés de los módulos familiares, y el agradecimiento posterior, aunque también aseguran haberse llevado algún que otro susto o suceso que les ha marcado, como por el que pasó Esther cuando, en una de las entrevistas rutinarias a internas sobre consumo de drogas, esta le confesó que su primera experiencia había sido a los 10 años, “ese testimonio me hizo reflexionar y cada vez que lo recuerdo me lleva a pensar lo afortunados que somos de haber crecido en un entorno seguro con apoyo familiar y social que nos brinda el acceso a cosas cotidianas como estudiar, trabajar o poder optar a servicios”, concluye.

Una profesión desconocida

Un trabajo muy desconocido y cuya imagen proyectada dista mucho de la realidad. Ambas enfermeras coinciden en este dato y creen que para poder solucionarlo y dar visibilidad a su labor es necesario potenciar la investigación y la publicación dentro del ámbito sanitario. “Creo que esa es la asignatura pendiente de los enfermeros penitenciarios, necesitamos formación, que además de ser bastante escasa, siempre está dirigida hacia los mismos problemas de salud”, puntúa S.C.H. Algo con lo que Esther está de acuerdo: “El acceso a la información de cómo se desempeña nuestro trabajo y el del resto del personal es mínimo, y en gran parte carece de interés para la sociedad, siempre y cuando no sea por alguna noticia sensacionalista”, finaliza.

Lucha por la visibilidad

Para acabar con ese aislamiento y desconocimiento nació el Grupo de Enfermería de la Sociedad Española de Sanidad Penitenciaria (GESESP), una sociedad formada por enfermeros repartidos en diferentes centros penitenciarios que luchan por potenciar el rol autónomo de la Enfermería, crear foros abiertos de debates e intercambio de conocimientos y experiencias, dar visibilidad al trabajo de los enfermeros y, sobre todo, salir del aislamiento profesional que supone desempeñar la actividad dentro de una institución no sanitaria. Un grupo al que se unió S.C.H. con el que comparte entusiasmo y necesidad de lucha por conseguir desarrollar su profesión, y con el que espera poder conseguir cambiar esta situación. “Creo que la unión hace la fuerza y SESP puede ayudarnos, y nos ayuda, en nuestros objetivos como grupo”, finaliza.

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