La vida en África

Con este escrito trataré de relatar una experiencia maravillosa como enfermero profesional que me gustaría plasmar en papel. Con ello espero motivar a mis compañeros de profesión a que tomen conciencia de su labor asistencial.

Una buena forma es colaborar como voluntario una temporada en el continente africano, como hice yo. Cuando ayudas en este inmenso continente a personas que viven en otro mundo muy diferente al que estamos acostumbrados, aprendes muchos valores y creces como persona y como profesional sanitario.

Atender a las personas enfermas día a día en un puesto sanitario improvisado te abre la mente y te las ingenias para poder cuidar y curar con lo poco que tienes. Expondré algunos ejemplos para que vean a lo que me refiero.

A falta de camas, por ejemplo, se improvisaba una hecha con troncos de madera y ramas. Para esterilizar material lo teníamos que quemar, como hace siglos, porque no había hornos Pasteur. Para poder iluminarnos por la noche usábamos pequeños generadores, puesto que la electricidad no llegaba donde nosotros estábamos. Para entablillar una pierna fracturada, cogíamos tablas y las enrollábamos con cuerdas.

Estas y muchas improvisaciones más hacen que agudices tu ingenio al máximo. Impresiona saber que hay gente que muere por la simple caída de una bicicleta. Una herida abierta que se infecta, al no poder desinfectarla adecuadamente al carecer de agua oxigenada o agua meramente limpia, junto con una cura de la herida deficiente al carecer de medios materiales, hacen que una persona pueda llegar a la muerte al cabo de un tiempo. Por otra parte, un mero esguince les puede dejar inválidos al cabo de unos meses si no se trata bien.

Cabe recordar que la esperanza de vida en estos lugares ronda los 50-60 años. Por lo tanto, es preciso saber que las personas en los países africanos son muy vulnerables.

Otro aspecto que me gustaría contar de mi experiencia es que a pesar de esta precariedad material que había, la población a la que ofrecía mis servicios siempre sonreía y era feliz con lo poco que poseía. Los niños se sorprendían de la cantidad de instrumentos que teníamos donde trabajábamos, veían objetos que nunca habían visto antes y desconocían su nombre por completo. Algunos ni se movían al verlo, pensando que quizás les iba a hacer daño o algo parecido.

Otra de las cosas que me sorprendieron, ya mencionada, fue la felicidad con la que viven. Quisiera ahondar en esto. Rápidamente le sacas una sonrisa a cualquier joven y si son más pequeños lo consiguen de forma más inmediata. En los países más avanzados, la juventud está muy acostumbrada a convivir con las tecnologías (tabletas, ordenadores, móviles, impresoras, etc.) y, por lo general, son muy materialistas. En cambio, la juventud con la que conviví en África se divertía y reía contando historias, jugando con pocas cosas y colaborando siempre con la familia.

Allí, al carecer de dinero, en ciertas aldeas se practicaba el trueque como pago. Me daban a cambio de mis servicios alimentos como huevos o leche en la mayoría de los casos.

El tiempo pasa diferente en África. Una vez alguien me dijo: “Vosotros tenéis el reloj, pero nosotros tenemos el tiempo”. Tienen tiempo para disfrutar de la vida, sentirla en familia y con sus seres queridos y cuidan a los enfermos con más tranquilidad y sin tanto estrés. El tiempo pasa lento, sin prisas para poder atenderlos con calidad a pesar de la falta de material y personal.

Ahora que he regresado tengo otra visión de la vida. Los africanos no se fijan en las cosas materiales, sino que la felicidad la encuentran entre ellos mismos y la naturaleza que les rodea. El sol, la tierra, el aire y el agua, los cuatro elementos esenciales para conformar la vida, como dijo Empédocles. Estos cuatro elementos les dan fuerzas para seguir adelante a pesar de las adversidades que tengan.

Trabajo actualmente con un contrato indefinido y estoy contento, pero tengo una actitud diferente al saber lo agraciados que somos de tener tantos medios para poder dar cuidados de calidad y con unas condiciones óptimas para el tratamiento. La gente tiene que ser consciente de lo que valen las cosas, de lo que cuesta conseguirlas, y para ello han de tomar conciencia y no malgastar recursos sanitarios como muchas veces ocurre.

Sabemos que deberían de mejorar las cosas en ciertos países porque no tienen las mismas condiciones que donde nosotros residimos actualmente, pero podemos ayudar haciendo este tipo voluntariado por un tiempo. También hay otras formas, como donar algo de dinero o enviar alimentos, pero a mi parecer, lo mejor es residir allí una temporada, porque ves de primera mano cosas como las que relato en este escrito.

Por eso recomiendo a cualquier profesional sanitario que tenga ganas de salir de la monotonía del primer mundo que vea, sienta y aprenda lo que la vida significa al conocer culturas diferentes y estilos de vida contrarios a lo que en nuestra mente está inculcado.

Para terminar, quisiera decir que nuestro trabajo profesional, la Enfermería, es inmensamente humano y siempre te lo agradecerán con lo mejor que tienen, la sonrisa. El gesto más precioso del ser humano a mi modo de ver.

Salvador Moreno J. La vida en África. Metas Enferm nov 2017; 20(9): 79-80

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