30 de noviembre: aniversario del inicio de la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna

Detrás de los pasos de la enfermera Isabel Zendal

30 de noviembre: aniversario del inicio de la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna

“Se llamaba Isabel Zendal, y era de la aldea de Ordes, cerca de La Coruña. Tenemos una gran deuda histórica con ella que no estamos corrigiendo”, afirma María Solar, periodista y escritora. María ha publicado un libro sobre la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, Los niños de la viruela (2017), en el que investiga, en clave de novela histórica, sobre los veintidós niños que transportaron esta enfermedad en el viaje del barco María Pita a América y Asia. Este viaje está perfectamente documentado, y su importancia en la Historia, debidamente reconocida. Pero en ese navío también iba una enfermera, Isabel Zendal, de la que hasta hace poco tiempo se desconocía incluso el nombre real.

 La Real Expedición Filantrópica de la Vacuna

El doctor Francisco Javier Balmis emprendió un viaje de once años, que dieron comienzo el 30 de noviembre de 1803 en el puerto de La Coruña, a los países de las provincias españolas de ultramar. Su objetivo era llevar a los territorios de América y Asia la vacuna contra la viruela que el médico inglés Edward Jenner había desarrollado a finales del siglo XVIII, durante una de las epidemias más graves que sufrió Europa de esta dolencia.

Puerta de la Inclusa de Santiago

Así, con el patrocinio del rey Carlos IV, y sufragada por la Hacienda española, se inició la conocida como Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, que se puso en marcha en la fecha señalada, cuando se ordenó fletar el barco María Pita en la ciudad coruñesa. “Fue una de las más grandes gestas médicas de la Historia. Una auténtica odisea emprendida en 1803, casi imposible de conseguir, pero que se hizo realidad, para llevar la recién descubierta vacuna a América. Contó con un excepcional grupo humano de sanitarios dirigidos por el cirujano de la Corte, Francisco Xavier Balmis, y con la subdirección de otro jovencísimo cirujano, Josep Salvany”, explica María.

Esta periodista gallega afirma que el empeño que los miembros de la Expedición pusieron en su trabajo superó con creces las expectativas y los planes iniciales, destacando que algunos miembros, como el propio doctor Salvany, “dieron su vida por la causa”. “Balmis regresó en 1806, pero los últimos de la expedición continuaron durante años, hasta 1814”, añade.

Así, la Expedición visitó regiones de América del Sur y del Norte y de Centroamérica, pasando previamente un mes en las Islas Canarias probando su sistema de vacunación, como San Juan, la capital de Puerto Rico, las poblaciones venezolanas de Puerto Cabello y La Guaria, ciudad en la que la misión se separó y la última ocasión en la que se vieron Balmis y Salvany. El primero continuó hacia Cuba, México, Guatemala, Costa Rica y Nicaragua; cuando regresó, se dirigió hacia demarcaciones asiáticas y continuó vacunando en las Islas Filipinas, Goa y Macao, en China. El segundo se desvió a zonas más meridionales del continente americano, como Colombia, Ecuador, Perú, Chile y Bolivia.

“América no tenía viruela, el virus fue llevado desde Europa y allí se hizo fuerte. Era mucho más virulento y letal que en el Viejo Continente. Los muertos se contaban por millones, y poblados enteros desaparecían. Ese fue el motivo por el que desde América pidieron ayuda desesperada al rey Carlos IV”. El monarca, especialmente sensibilizado contra esta dolencia, ya que una de sus hijas, la infanta María Luisa, la había padecido, observó también la merma en las arcas del reino que suponía el descenso de la población en los territorios de Ultramar, con la consiguiente mengua en la recaudación de impuestos en dichas provincias. Sobreponiéndose a la crítica de médicos, científicos y de la Iglesia, que “no veían bien introducir una enfermedad animal en un humano”, aprobó la Expedición.

“No fue un grupo de personas que llevaron la vacuna contra un determinado brote, ellos tenían intención fijar la inmunización por los lugares por donde que pasaban, a través de las llamadas Juntas de Vacunación. La llevaron y enseñaron el procedimiento. El propio Balmis tradujo y llevó en el barco 500 copias del Tratado histórico y práctico de la vacuna, de Moreau de la Sarthe”, concluye.

Los niños de la viruela

La Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró erradicada la viruela en 1980, “y sin duda la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna fue vital, porque asentó la vacunación como un método efectivo”, señala María. La periodista vuelve a destacar el valor de la Real Expedición como el principal factor de que este sistema se consolidara como fórmula de medicina preventiva, y la vacuna fue llevada a las provincias de ultramar gracias a unos niños.

“Los veintidós niños de la Expedición eran expósitos sacados de orfanatos: trece eran de La Coruña, cinco, de Santiago y cuatro, de Madrid”, apunta. En la época en la que tuvo lugar la misión, afirma la periodista, los hospicios estaban repletos de menores abandonados por sus padres. Habitualmente, eran hijos de madres solteras, nacidos fuera del matrimonio, procedentes de familias pobres o huérfanos de progenitores fallecidos por enfermedades.

“Frecuentemente los hospitales tenían anexos un hospicio y una sala de partos secreta donde las mujeres que daban a luz dejaban a sus hijos. Los niños eran abandonados en cualquier lugar. El 50% de los expósitos no llegaba a cumplir los dos años de edad, y el 70%, no alcanzaba los diez. Nadie hacía preguntas ni perseguía a sus padres”. Las principales causas de estos abandonos eran el hambre y la falta de métodos anticonceptivos en la época, con lo que las inclusas estaban saturadas.

“La imposibilidad de asegurarse de que la vacuna no se corrompiera en un viaje tan largo y penoso los hizo optar por llevarla estableciendo una cadena de vacunaciones “brazo a brazo”, explica María. El método que los miembros de la Expedición llevaron a cabo para conseguir su objetivo consistió en la inoculación del virus a dos personas cada diez días. De las pústulas resultantes extraían nuevo fluido para vacunar a otros dos, y así sucesivamente. “Siempre cada diez días, o perderían la vacuna. Desde Madrid hasta La Coruña, y de La Coruña por barco a América”, recalca.

Estos huérfanos fueron embarcados “sabiendo que no regresarían”. Cuando llegaron a América, los niños, de entre tres y nueve años de edad, fueron alojados en otra inclusa, igualmente saturada, de México. “Existen dos cartas que Balmis envió a José Antonio Caballero, ministro de Justicia de Carlos IV, a España quejándose de la situación. Parece que, finalmente, los más pequeños, fueron adoptados. Los mayores recibieron educación en las Escuelas Patrióticas, pero no queda demasiada pista conocida de ellos”.

María es la autora del libro Los niños de la viruela (2017), en el que indaga en este contexto histórico y recoge los preámbulos de la Expedición centrándose en los veintidós expósitos. “Era todo un reto escribirlo siendo muy fiel a la documentación, pero también dando voz, vida y emociones a esos veintidós huérfanos que jamás volvieron a España, y a los que nunca se les agradeció suficientemente su participación. Quería contar la historia desde las personas”. Para ello ha retratado las personalidades de los protagonistas de esta historia, incluida la de Isabel Zendal, la responsable del cuidado de los niños. “Creo que para hacerles justicia no valen las estatuas, el homenaje está en mantener viva la memoria de lo que sucedió”, concluye.

Isabel Zendal

Fue directora de la Casa de Expósitos de La Coruña. Madre soltera y encargada del tratamiento de los veintidós incluseros que se embarcaron en el barco María Pita en el año 1803, abordando las enfermedades que pudieran padecer al inocularlos. Isabel Zendal, primera enfermera en misión internacional de la Historia, según la OMS, nacida en la aldea de Ordes en 1773, fue reclutada por el doctor Balmis para la expedición para que ejerciera de enfermera con los expósitos, que “no querían vacunarse, eran rebeldes y se escapaban”, y posteriormente para otros veintiséis niños que embarcaron en México.

“Durante muchos años hubo dudas sobre aspectos básicos de su biografía, como su nombre, nacimiento, su hijo, que se llamó Benito Vélez… Pero dos investigadores gallegos, Antonio López y Joaquín Pedrido, encontraron datos irrefutables”. Hoy podemos afirmar con seguridad que se llamaba Isabel Zendal. “Se han manejado más de una docena de nombres diferentes, en parte por culpa del propio Balmis, que dejó escritos varios apellidos distintos”, afirma María, revelando que este es el motivo por el que su calle de la ciudad de La Coruña se llama Isabel López Gandalla.

Esta periodista afirma que el doctor dejó documentado el buen trabajo que realizó la enfermera, poniendo de manifiesto la profesionalidad de su labor. “Los cuidó día y noche dando mucho más de lo exigible hasta llegar a enfermar”, destaca. Un trabajo que, más de un siglo y medio después, además del homenaje de la Organización Mundial de la Salud, fue reconocido, en 1974, con la designación del Premio Nacional de Enfermería de México con su nombre, y con la dedicatoria de varios monumentos escultóricos en la ciudad coruñesa.

“Con Isabel Zendal tenemos una gran deuda histórica que no estamos corrigiendo, aunque se debería”, concluye María. Por ello, cuando se cumplen 214 años del comienzo de la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna hemos querido recordar esta misión, que libró al mundo de la viruela, y el papel fundamental que tuvo esta enfermera, que cuidó y trató a los niños que lo hicieron posible.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *