Lo desconocido

Cuando comenzamos a estudiar esta preciosa profesión, a la mayoría de nosotros lo que nos estimula es ese “apartado” que tenemos dentro de querer ayudar y salvar vidas.

¡Salvar vidas!, quién lo diría, nada más lejos de la realidad.

Con esa gran alegría de mi primer contrato, comencé a trabajar hace ya muchos años. Un poco avergonzada y con muchos nervios, te ves de repente vestida con tu pijama todo blanquito y listo, ya estás hecha toda una enfermera. Comienzas a trabajar familiarizándote tanto con el personal, como con los enfermos y la familia y, por supuesto, perdidísima con la medicación.

No me hizo falta mucho tiempo para darme cuenta de que esa planta de hospital era diferente a todas las que había visto con anterioridad. Eran constantes las llamadas de dolor, disnea, disconfort, etc. Compañeros que iban y venían, llantos, susurros. Era un poco desconcertante.

Cuando nosotros, “los de la vieja escuela”, estudiábamos, no se nos mencionó en ningún momento la palabra “paliativos” o fase final de la vida. Pues bien, eso era lo que tenía ante mí, una unidad de enfermos con cáncer en estado terminal esperando que llegara el momento de partir.

Es durísimo, pocos tenemos la suerte de saberlo de verdad. Sí, la suerte, porque creo que trabajar en estas unidades te hace crecer como persona de una forma increíble y te hace replantearte la vida en tan solo un segundo. En un primer momento es una situación desbordante, en la cual te quedas bloqueada al entrar en esa habitación y ves a esas personas con sus historias, historias que a veces se ven truncadas por “muertes tempraneras”, como digo yo, donde ves el dolor y el llanto desgarrador tanto del enfermo como de la familia.

Son numerosos los días que no sabes qué decir al entrar en esa habitación, no sabes cómo actuar, pero aprendes que, muchas veces, las palabras sobran y que tan solo una mirada, coger la mano o un gesto de cariño es infinitamente mejor que todo un discurso.

Poco a poco vas entrando en sus vidas, sin que apenas te des cuenta, y comienzas a ser una amiga y confidente de sus más sinceros secretos. Esto sí que es importante y alentador para enfermos y familia, el que te vean cercana, como esa persona a la cual pueden contar sus problemas, sus dudas sin miedo. En este apartado somos de gran ayuda, ya que podemos ayudarles a solventar algunos problemas.

Recordando, me viene a la cabeza Josefa.

Josefa tenía ya 92 años, era viuda desde muy joven y había criado a sus siete hijos sola. Recuerdo que había un pacto de silencio entre sus hijos para no decirle a ella que padecía cáncer. Era para verlo, cuando sus hijos estaban en la habitación nadie decía absolutamente nada de enfermedad o de muerte, solo hablaban de cosas que harían en el futuro.

Para mí era desconcertante, ya que todos eran conscientes de la situación de Josefa. Yo llegué a preguntar a sus hijos el porqué no querían decirle la verdad, a lo que me respondieron que no querían hacerla sufrir, que ya había pasado mucho en la vida.

Sin embargo, la vida te sorprende todos los días. Un día, al entrar en la habitación de Josefa, me llama y me dice que tiene un poco de molestia y que necesita un “dolotí”, que van a venir sus hijos y que no quiere que la vean con dolor. Le pregunté por ese dolor, ya que ella nunca hablaba de ninguna molestia o dolor alguno, aunque nosotros sabíamos que tenía que tenerlo por el tipo de cáncer que padecía.

Al preguntarle me dice: “ven, hija, ven, siéntate aquí.” Fue entonces cuando a solas empezó a llorar y mirándome me dijo que se moría, que ella sabía que tenía “una cosa mala”, así lo llamaba ella, pero que no quería que sus hijos lo supieran, que no quería darles ese disgusto. Sin poder evitarlo, yo empecé a llorar con ella y le dije que no se preocupara y que ese sería nuestro secreto, que cada vez que ella lo necesitara me avisara para ponerle el calmante y que yo no le diría nada a sus hijos hasta que ella me lo dijese.

Tras esto me di cuenta que por mucho que neguemos o queramos ocultar los diagnósticos, los enfermos no son tontos, ellos son los que padecen la enfermedad y, aunque no sepan cómo se llama dicha enfermedad, sienten las consecuencias de ella.

A los pocos días, Josefa, después de requerir varios calmantes, me llamó y me dijo que por favor llamara a sus hijos. Cuando vinieron a la habitación ella les dijo que tenía que decirles una cosa a todos. Fue entonces cuando esta mujer me dio una lección que no olvidaré jamás. Allí, rodeada de todos sus hijos, les dijo que ella sabía que se moría y que por favor no se molestaran con ella, que ella quería despedirse de todos y decirles un “hasta luego”. Que no quería lágrimas, que la vida es muy bonita y que había que disfrutarla. Recuerdo cómo les decía a todos ellos que se llevaran bien, que no pelearan, que ella los quería mucho, pero que ya estaba cansada y que quería descansar y ver a su “Pepe” que hacía mucho que no le veía.
Dos días después Josefa moría en su habitación, rodeada de sus hijos y de nosotras que la queríamos como si también fuera de nuestra familia.

Es por estas cosas cuando creo que nuestra profesión es la MEJOR, y lo pongo con mayúsculas, de todas las que existen. Este es uno de los muchos casos que a diario se nos dan en estas unidades y para los cuales hay que prepararnos mentalmente.

Para nosotros es inevitable empatizar con el enfermo, llegando muchísimas veces a hacerlo incluso más allá de la profesionalidad.

Los pacientes que se llevan en estas unidades (dos, tres, seis o más) donde los tratas a diario, te cuentan sus miedos, y eso hace que muy a menudo te veas como parte intermediaria en los conflictos éticos entre familiares y enfermo. Caricias, risas, lágrimas y besos que un día tras otro hace que aunque profesionalmente sepas que tienes unos límites, a veces llegas a superarlos.

En definitiva, a pesar de ser un trabajo muy duro y sacrificado, el cual la mayoría de los compañeros rechaza, unos pocos podemos descubrir esa sensación de desarrollo profesional y personal cuando trabajas en estas unidades con estos enfermos al filo de la muerte.

Es verdad que son situaciones complicadas en las que como casi todo en esta vida vamos aprendiendo de ellas y adaptándonos lo mejor que podemos porque, por si no lo he dicho antes, los enfermeros estamos hecho de una pasta diferente del resto de seres.

Por todo ello, me gustaría que estas líneas sirvieran para decir alto y claro que la Enfermería NO es solo salvar vidas, sino que tan importante o más es ofrecerle la mano a aquel que lo necesita y acompañarlo a cruzar hacia el otro lado.

Gutiérrez Benítez C. Lo desconocido. Metas Enferm jul/ago 2017; 20(6): 79-80

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