Déjate llevar

Rosa, de 65 años de edad, era una mujer vitalista, optimista y dinámica. Su rostro estaba surcado de arrugas debido al paso de los años y en él predominaban unos profundos ojos azules. Portaba gafas de gruesos cristales.

Se había dado cuenta de que hacia un tiempo le fallaba la memoria. Al principio tenía dificultades para recordar los nombres de los hijos de los vecinos de toda la vida. Según trascurría el tiempo, empezó a olvidar dónde había dejado las gafas, las llaves, acudir al médico, pagar las facturas, quitar la comida del fuego, etc. Para compensar su mala memoria redactaba notas con todo lo que tenía que hacer, diciéndose que se estaba haciendo mayor y era algo normal debido a la edad.

Algún tiempo después, al hablar con los vecinos, se dio cuenta de que no solo olvidaba los nombres sino que también perdía el hilo de las conversaciones y no entendía lo que se estaba hablando. Durante las tertulias, Rosa intentaba mostrarse con naturalidad y espontaneidad, pero daba abundantes rodeos para designar un objeto y utilizaba palabras inapropiadas o mal aplicadas, al tiempo que mezclaba ideas que no tenían relación directa entre sí.

La gente menos allegada también era consciente de estos cambios producidos en Rosa, pero lo atribuían a la edad y al bajo estado de ánimo causado por el fallecimiento de su marido producido tres años atrás. Con el tiempo el estado anímico de Rosa también cambió, manifestándose con depresión, ansiedad y bruscos cambios de humor. Además, comenzó a aislarse, salía menos de casa y no quería ver a sus amigos y vecinos.

Un día, estando en casa de su hijo, le dijo “antes de salir ponte…” queriendo decir chaqueta. Pero no fue capaz de terminar la frase. Más tarde escuchó a su nuera decir “creo que tu madre chochea. Hace y dice cosas muy raras”, a lo que contestó el marido, “lo que le pasa a mi madre es que se siente muy sola y triste desde la muerte de mi padre. Estaban muy unidos y no eran nada el uno sin el otro”.

Estos comentarios produjeron en Rosa sentimientos de tristeza y desconsuelo, ya que pensaba que todavía podía ser independiente para tomar decisiones y llevar las riendas de su vida, autónoma para vivir su vida sin molestar ni preocupar a nadie.

Con la llegada del invierno Rosa enfermó. Acudió al médico pensando que solo se trataba de un simple resfriado. Ante las preguntas del médico no supo decir lo que le ocurría, no podía expresarse, encontrar las palabras adecuadas. No era capaz de formar una frase. Esto hizo que sucumbiera en la ansiedad y la desesperación ya que mermaba su independencia. Era consciente porque su mala memoria estaba tomando las riendas de su vida.

Cuando llegó a casa se tomó la medicación prescrita para el supuesto resfriado. Le dolía mucho el pecho y se encontraba muy disgustada, ya que su hijo no la había llamado ni visitado desde hacía varios días o eso pensaba ella. Según trascurrían los días, Rosa se encontraba más cansada, más confusa.

Ya no se acordaba de los días y acusaba a su hijo de abandonarla por no ir a visitarla.
Una vecina de Rosa se alarmó al no verla salir de casa y por no contestar al timbre, por lo que decidió entrar en su casa para comprobar si le había ocurrido algo. Al entrar se encontró a Rosa tumbada en la cama semiinconsciente, sudorosa, agitada y hablando cosas sin sentido alguno. Acto seguido telefoneó al hijo de Rosa para comunicarle el estado en que se encontraba su madre.

Horas más tarde Rosa estaba ingresada a causa de una neumonía. Durante los primeros días en el hospital Rosa tenía una vaga idea, una nebulosa intermitente de lo que le estaba sucediendo. Percibía que se encontraba en un lugar ajeno, frío, distante, un sitio donde nada ni nadie le eran familiares. Observaba cómo gente desconocida entraba y salía de su habitación. Le decían dónde se encontraba y el motivo del ingreso, pero Rosa lo olvidaba rápidamente, ya que en ese ambiente extraño no podía compensar su falta de memoria, y su confusión se agravó con el delirio que le causaba la enfermedad.

Un día creyó que su marido había ido a visitarla, y al llegar su hijo le recriminó no haber ido juntos. El hijo intentó hacer recordar a Rosa el fallecimiento de su marido, pero ella desconfiaba de dichas explicaciones alegando que esa misma mañana la había llamado su marido para decirla que iría por la tarde a visitarla. También recriminó a su nuera el hecho de que nunca fuera a visitarla, desconfiando de ella cuando le decía que había estado junto a ella desde el momento del ingreso.

El tiempo que duró la estancia hospitalaria fue un calvario para Rosa, puesto que no tenía noción del tiempo ni del espacio; le era imposible diferenciar entre el día y la noche. Además no podía salir de la cama cuando quería ir al baño porque se topaba con las barandillas, por lo que se hacía sus necesidades encima, se enfadaba cuando le ponían un pañal alegando que no era un bebé, se negaba a tomar la medicación, le obligaban a tomar alimentos que no eran de su gusto, le explicaban que tenía que realizar ejercicios respiratorios para fortalecer sus pulmones, le sacaban sangre cada mañana, le ponían sueros. Pero Rosa no comprendía nada, lo que hacía que aumentase su desorientación.

Poco a poco, Rosa se fue recuperando de la infección respiratoria, desapareció la fiebre y dejó de imaginarse cosas, pero la confusión y la falta de memoria empeoraron. Ante esa situación los médicos explicaron a la familia la incapacidad de Rosa para seguir viviendo sola, ya que la enfermedad no había modificado el curso gradual de su pérdida de memoria, pero sí la había debilitado, la había sacado del ambiente familiar en el que funcionaba y, especialmente, había hecho patente la gravedad de su situación.

Finalmente, su hijo, tras largas deliberaciones con su mujer, acordó que Rosa se quedaría a vivir con ellos hasta que mejorase su estado de salud y después ya decidirían lo que hacían con ella.
Cuando la instalaron, Rosa se dio cuenta de que solo estaban algunas de sus cosas y faltaban muchos de sus objetos personales. Pensó que se los habían robado mientras estaba en el hospital, lo que provocó en ella una reacción violenta y desproporcionada.

El hijo hacía todo lo posible para que Rosa estuviese contenta, a gusto y tranquila, bien cuidada y rodeada de gente que la quería, pero no se daba cuenta de que, por motivos laborales, él no iba a estar en casa y quien se tenía que ocupar del cuidado de su madre, de forma permanente, era su mujer. Esta no presentaba disposición alguna para ello, lo que ocasionaba continuas disputas dentro del matrimonio.

Rosa sentía miedo, un miedo indefinido y que su mente alterada no podía nombrar y explicar de alguna manera. Continuamente venían personas y recuerdos a su mente que desaparecían fácilmente. No sabía distinguir entre la realidad y los recuerdos del pasado.

Una mañana las ganas de orinar la despertaron temprano y al dirigirse al cuarto de baño no lo encontró. Pensó que el baño lo habían cambiado de lugar atribuyendo dicha acción a su nuera: “el baño ya no está en el mismo lugar de ayer. Esto son cosas de mi nuera”.

Otras veces se levantaba durante la noche y preparaba su maleta para “volver a casa”. Había ocasiones en que caminaba durante horas de un lado a otro de la casa, se golpeaba con facilidad y eran frecuentes las caídas.

Un día empezó a obsesionarse con sus objetos personales e iba constantemente detrás de su nuera preguntándole por dichos objetos. En otras ocasiones guardaba objetos tales como un reloj, pañuelos, medias, etc., no recordando posteriormente dónde los había guardado, por lo que acusaba a sus nietos de su pérdida.

Llego un momento en el que la comunicación con los demás disminuyó, hablaba menos, le faltaba vocabulario, repetía frases durante horas. Con el paso del tiempo el vestirse se transformó en una actividad irrealizable para Rosa, ya que sus manos habían olvidado cómo abotonar. Por todas partes le colgaba la ropa mal puesta. No entendía lo que estaba sucediendo.

Gradualmente perdió la capacidad de dar sentido a lo que sus ojos y oídos le indicaban. Los ruidos y la confusión le daban pánico. La actividad de su higiene corporal también suponía una catástrofe. No recordaba cómo controlar el agua, ya que intentaba llenar la bañera pero el agua se iba por el desagüe. Un día Rosa entró en un estado de pánico que le hizo gritar pidiendo auxilio y, cuando la nuera acudió al cuarto de baño, encontró a Rosa gritando desconsoladamente y el agua rebosando por el suelo.

Llegó un momento en que Rosa no reconocía a su propio hijo, le costaba trabajo tragar los alimentos, no controlaba los esfínteres, no sabía levantarse, sentarse o andar.

Ante ese estado, decidieron enviarla a un centro de atención diurna. Rosa había perdido buena parte de sus habilidades sociales, pero podía reírse con otras personas del centro. A medida que fue tomando confianza, empezó a disfrutar del tiempo que pasaba en compañía de los demás, aunque nunca recordaba lo que hacía en el centro.

Finalmente, llegó el día en que la carga física y emocional de velar por Rosa fue excesiva para la familia, por lo que decidieron internarla en una residencia. A Rosa, al principio le costó trabajo acostumbrarse a su nuevo hogar, pero a medida que trascurría el tiempo empezó a sentirse segura. La mayoría de las veces no recordaba las actividades que había realizado a lo largo del día ni se daba cuenta de que llevaba pañal porque no controlaba los esfínteres, pero le reconfortaba la seguridad de una rutina.

Se ponía muy contenta cuando sus familiares la visitaban, a pesar de que no recordaba sus nombres ni sus caras. Olvidaba que la habían visitado la anterior semana o que la habían telefoneado. En estos casos, su familia se empeñaba en recordarle lo contrario, aumentando con ello la angustia de Rosa.

¿No hubiera sido más fácil, agradable y gratificante para todos no insistir en hacerle recordar continuamente y sentarse a su lado y abrazarla, escucharla, recordar tiempos pasados y hacerla sentir que todavía era una persona importante?

Por mucho que evolucione la enfermedad y la persona llegue a un estadio en el cual tiene sus facultades como las de un niño menor de tres años, lo que nunca se olvida y siempre se recuerda es sentirse querido por los demás, de forma incondicional, a pesar de que no se recuerden los nombres.

Domínguez Fernández D. Déjate llevar. Metas Enferm jun 2017; 20(5): 74-76

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