Mi parto: primeriza, de nalgas y, además, matrona

Soy matrona desde el año 2007, amo mi profesión y quería dejar constancia de la vivencia de mi parto. Os preguntareis qué tiene esto de particular, muchas matronas son madres y no por eso lo cuentan en una revista, pero creo que el mío fue diferente ya que era madre primeriza, matrona y tuve a mi hija de nalgas, una experiencia que puede servir a otras mujeres en situaciones semejantes.

La verdad es que mi embarazo fue bien, sin ningún tipo de complicación, y a pesar de mis 37 años ningún parámetro de riesgo enturbiaba mi felicidad. En la ecografía de las 28 semanas el diámetro biparietal (DBP) estaba en un p10, cifra dentro de la normalidad, a pesar de lo cual decidieron hacer un nuevo control en dos semanas. Y así fue, en esa ecografía ya estaba de nalgas. Yo no había notado nada, quizás una disminución de los movimientos fetales, pero yo escuchaba el latido todos los días con un fonendoscopio que tenía por casa (vale, neura de matrona) y estaba tranquila. 

Las semanas fueron pasando y, entre otras cosas, estaba estudia que te estudia, porque en Aragón teníamos oposiciones de matrona y de enfermeros, y yo había decidido preparármelas. Durante el verano nos dijeron la fecha de examen: 13 de diciembre matronas, 14 enfermeros y mi fecha probable de parto el 17. Imaginaros mi estado, gorda, estudiando y la cabeza de mi hija clavándose en mis costillas.

A la semana 35 empezó mi dilema: voy al Hospital Miguel Servet (Zaragoza) a intentar una versión externa o después del examen que me hagan una cesárea y ya. En ningún momento se me pasó por la cabeza intentar el parto de nalgas.

Durante el tercer trimestre de embarazo fui a hacer Pilates para no perder agilidad y para intentar que mi hija se pusiera en posición cefálica, además de que en los descansos de mis sesiones de estudio me ponía en cuadrupedia, siempre que el lugar me lo permitiera, claro.

Comentando el caso con mis compañeras del Hospital de Jaca, me animaron a hacer la moxibustión y el manteo, y así estuvo mi marido según las recomendaciones haciéndome la moxa y realizando el manteo, pero nada, Victoria seguía de nalgas.

A la semana 36 me vieron en alto riesgo y la ginecóloga que me atendió, con la que yo había trabajado en Jaca, me dijo que no descartara el parto de nalgas. Yo no lo podía creer: ¿cómo me dices esto? ¡Que soy matrona!, a lo cual me respondió que dado que cumplía los criterios de parto de nalgas, por qué no lo iba a intentar. En efecto, mi hija tenía un peso fetal estimado por debajo de 3.500 g y el DBP inferior a 90. No obstante, me derivó a la consulta a intentar la versión externa a las 37 semanas.

A las 37 semanas mi hija seguía en la misma posición de nalgas, en dorso anterior. El ginecólogo encargado de ello intentó la versión y fue imposible. No me hizo daño, porque vio que el feto estaba en una posición con un ángulo imposible de girar, pero que me quedé decepcionada por la situación, ya que pensé que las dudas sobre mi parto iban a terminar ese día. Me habló del parto de nalgas, de compañero a compañera, y le hice preguntas que si no trabajas en el gremio quizás ni las piensas.

Yo no quería una cesárea, pero la culpabilidad de intentar el parto y que a mi hija le pasara algo no me dejaba vivir tranquila ni estudiar. Ante este panorama mi marido me dio un consejo muy útil: deja de ser matrona y piensa como una mujer cualquiera; la información que te han dado es clara y si algo va mal te intervendrán, por eso, ¿por qué no intentar el parto? En ese momento pensé que tenía razón, que si todo estaba bien y los profesionales me estaban animando a ello, pues adelante.

A las 38 semanas volví a la consulta a intentar otra versión, la cual no tuvo éxito. El feto seguía en la misma posición y ya hablamos cosas más concretas del parto de nalgas: tiempos del expulsivo, alteraciones del monitor durante la dilatación, etc. En esos momentos no pude hacerle caso a mi marido y dejar de ser matrona, la verdad.

Durante el puente de la Constitución yo quedé con varias compañeras para estudiar, faltaba una semana para el examen y en ningún momento pensé que no quedaba nada para mi parto. La madrugada del día 8 me levanté al cuarto de baño en diferentes ocasiones con retorcijones de tripa, pero que eran contracciones en ningún momento se me pasó por la cabeza, creí que algo me había sentado mal. A las 7 de la mañana me levanté y desayunando seguían los dolores de tripa (lo defino así porque de verdad que yo sentía que eran intestinales) hasta que me di cuenta que eran cada 7 minutos. En ese momento ya imaginé que podrían ser contracciones, así que volví a acostarme. A las 10 me dio un dolor más fuerte y al levantarme de la cama rompí aguas, eran claras y tras ducharme nos fuimos al hospital.

Durante el trayecto ya notaba los dolores como contracciones de intensidad moderada; era una sensación de peso uterino muy fuerte pero las llevaba bien.

Al ingresar no dije que era matrona, había decidido con anterioridad que cuando me pusiera de parto iba a ser una paciente más, ya que el síndrome del recomendado es demasiado frecuente, por lo menos en la obstetricia.

Me vio una residente y yo le informé que era primeriza, había roto aguas, lo llevaba de nalgas y quería intentar el parto. Me exploró, estaba con el cuello borrado y dos dedos de dilatación, e informó a los adjuntos de mi caso y, mira qué casualidad, era la doctora que había trabajado en Jaca, experta y amante del parto de nalgas, así que desde ese momento estuve muy tranquila pues sabía que estaba en buenas manos.

Enseguida se enteraron todas las matronas de que yo era compañera y me trataron genial, aunque no pudieron evitar darme información que yo no demandaba, ya que creí que mi parto iba a fluir mejor si mi pensamiento estaba con mi hija, unidas en ese trance y no preocupada por el registro, la oxitocina o la epidural.

Tras hacerme las pruebas necesarias para ver la posición de la cabeza fetal me exploró la adjunta y tenía dudas con respecto a mi parto, la cabeza fetal no estaba en hiperextensión (posición que contraindica el parto de nalgas), pero estaba ligeramente ladeada. Hablé con la ginecóloga y le dije que aunque quisiéramos intentar el parto no quería que mi hija corriera peligro. Tras esto me volvió a explorar y decidió seguir adelante, ya que estaba con 5 cm y la nalga muy bien apoyada. Yo alucinaba con mi cuerpo, soy bastante miedosa para el dolor y no pensé dilatar tan rápido y sin apenas dolor, así que cuando dicen que la dilatación de nalgas es menos dolorosa y más rápida doy crédito de ello.

Pasé a dilatación y me pusieron la analgesia epidural. Me fue genial, no notaba dolor pero enseguida noté presión y estaba con 8 cm. A los 30 minutos pasó la ginecóloga a ver cómo iba. Había taquicardia fetal, aunque en ningún momento me lo dijeron ya que pedí que le quitaran el volumen al monitor, pero yo escuchaba la alarma desde el control. Eran las 14 horas y estaba en dilatación completa. ¡Increíble!

La taquicardia estaba dentro de los parámetros normales y me dejaron 30 minutos más sin empujar. Cuando no pude aguantar más enseguida vino la ginecóloga y tras empujar tres veces en dilatación pasamos a quirófano a parir. Allí los partos de riesgo son en quirófano y no puede entrar la pareja, algo que ya nos habían informado con anterioridad y a lo que no puse pegas, ya que si algo no iba bien quería evitar que mi pareja lo pasara mal o entorpeciera el trabajo de los profesionales. Así que allí nos reunimos matronas, ginecólogas, anestesista, pediatras, personal de quirófano y yo: matrona y primeriza.

Me pusieron en litotomía y tras empujar tres veces nació Victoria Eugenia, a las 14:55 horas, con 2.920 g y un Apgar de 9/10. Se la llevó el pediatra y enseguida la oí llorar. Fue el momento más emocionante de mi vida. No pude ponerla piel con piel, pero entendía que las circunstancias no eran propicias para ello.

He querido dejar constancia de mi relato para desmitificar el parto de nalgas; sí que es verdad que tiene sus riesgos, pero quizás nos meten demasiado miedo con el tema. Si nos topamos con mujeres que quieren intentar el parto de nalgas deberíamos poner todas las herramientas a nuestro alcance para no asustarlas y poder ayudarlas. El parto de nalgas puede ser una realidad y no siempre la cesárea es el único camino.

Por cierto, aprobé la oposición, aunque año y medio después sigue sin resolverse el proceso.

Bueno Peral A. Mi parto: primeriza, de nalgas y, además, matrona. Metas Enferm may 2017; 20(4): 79-80

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