Perú, un maravilloso paseo por las nubes

Por entonces conocí a Ismael, un marista que estaba trabajando en Honduras como educador desde hacía cinco años, pero aunque me fascinaba la idea de marchar a esos lugares, aún se despertó más mi interés cuando conocí a dos antiguas alumnas de mi colegio que, tras haber tenido una experiencia de dos meses en Perú, fueron a contárnoslo.

Era impresionante oírlas hablar de aquello. Era como si te transportaran a aquellas tierras y pudieses sentir lo que ellas habían vivido durante esos maravillosos meses. Desde entonces mi máxima ilusión se centraba en conseguir documentos, revistas, libros, etc., que contaran algo sobre Perú.

En el verano del 2000 empecé a trabajar con el único propósito de ganar dinero para costearme el viaje y, aunque no fue fácil hacerlo durante el curso académico, mereció la pena: era mi gran sueño.

Por fin llegó el verano del 2001; ya había cumplido los 18 años y podía tomar libremente la decisión de vivir mi gran experiencia. No podía creer que lo que había idealizado durante tanto tiempo estuviera ya tan cerca. Salía a las 15 horas, pero el vuelo llevaba tres horas de retraso y los nervios cada vez eran mayores. Por fin despegamos. En poco tiempo estaría en mi destino. Fueron doce horas y una noche en Caracas debido a problemas de la compañía, pero fue una velada estupenda, ya que conocí a un grupo de voluntarios que iban a Perú y con los que pasé muy buenos momentos.

Por fin llegué a Lima, donde las hermanas de la congregación con la que iba me esperaban entusiasmadas. En la capital de Perú la diferencia de clases sociales es abismal, pudiendo encontrar a los ricos viviendo en grandiosas mansiones, en contraposición con los más pobres que no tienen ni para comer.

Las hermanas viven en Villa El Salvador, que es uno de los barrios más marginales de Lima. La primera impresión fue sobrecogedora, pues siempre está totalmente gris y todas sus calles son de arena. La mayoría de las viviendas, si es que pueden llamar así, están sin terminar. Algunas se van terminando a paso de tortuga, pero otras, según me contaron las hermanas, no tienen la misma suerte y se quedaban a medias.

Hay mucha corrupción y al llegar la noche las calles se llenan de pandillas de chicos de entre 9 y 20 años que se reúnen para pelear con otras bandas, robar o simplemente para atemorizar. La mayoría de estos chicos no están escolarizados porque la mala situación económica de la familia no lo permite.

La primera semana la pasé allí y mi trabajo se basó en ayudar en el comedor del colegio de “Fe y Alegría”. Es impresionante ver a los niños comer de todo, sin apartar lo “verde” o lo “rojo”, como muchas veces hacemos aquí porque no nos gusta o no nos apetece.

Pero mi destino era Santo Tomás, pueblo en el que estaría durante tres meses. Fueron 23 horas de autocar por caminos y paisajes inimaginables. Es como si te envolvieran en la naturaleza más pura y más salvaje que nunca antes podría haber imaginado. Tengo que reconocer que en el viaje pasé miedo, pues me contaron que el autocar había tenido ya dos accidentes, con el consiguiente desastre, ya que cayó desde una altura de al menos un par de miles de metros. Pero era como si, a la vez, los posibles temores que pudiera tener desaparecieran al ver todo este paisaje tan maravilloso.

Llegué a Santo Tomás y, aunque estaba bastante cansada al haber estado viajando día y noche con apenas tres paradas de descanso, una inmensa alegría me invadió al descubrir a cada uno de los chicos del internado que me dieron la bienvenida cantando unas preciosas canciones de la zona. Aquí era donde realmente empiezaba mi maravilloso viaje por los sueños.

El trabajo que se realizaba en Santo Tomás y que durante esos tres meses también compartí, consistía, por una parte, en llevar un internado de 32 chicos de entre 12 y 20 años. El motivo por el que estos chicos vivían allí durante la mayor parte del año escolar, de marzo a diciembre, era que en sus pueblos no había escuela y la más cercana era la nuestra. Para muchos de ellos está a más de un día de camino a pie, pero asistir a ella supone una gran oportunidad para los menores, de hecho, en más de uno pude comprobar cómo la vida en el internado les había salvado “en todos los sentidos”, incluso llegando a convertirse para algunos en un auténtico milagro.

La atención prestada en el internado era lo más completa posible: estudio, higiene personal y del hogar, alimentación y, en términos generales, acompañamiento y guía de cada uno de los chicos durante su formación académica y personal.

Asimismo, se contaba con un dispensario de medicinas gracias a los contenedores que se enviaban todos los años desde España, con las que todos los días se atendía a la gente del pueblo. Por otro lado, otra de las actividades que se llevaba a cabo era la formación de grupos de trabajo, donde las mujeres que son el núcleo poblacional más marginado dentro de la sociedad peruana, se reunían una vez a la semana para realizar diversas maravillas artesanales que posteriormente veíamos en muchos rastrillos. También, se reunían para trabajar en la chacra (huerta) o para aprender a leer y escribir.

Por curiosidad fui a visitar uno de los hospitales de la ciudad de Chachapoyas. Ese día fue muy gratificante, porque, al presentarme como una estudiante española de Enfermería, me acogieron como si ya fuera una profesional. Me colocaron una especie de delantal verde y me pusieron a curar con el médico y eso que allí sólo son ellos los que hacen las curas. Tenían un enorme interés en conocer cómo se realizaban las curas en España y cuál era el material y los medios con los que contamos. Mostraron especial interés en las curas de las úlceras, que ellos realizaban con yodo-povidona de espuma, aclaraban con suero fisiológico, echaban azúcar y, finalmente, cubrían con gasas empapadas en suero.

Los medios con los que contaban, y que perduran en la actualidad, eran bastante escasos; de hecho, no existe Seguridad Social, por lo que cuando una persona cae enferma tiene que sufragar todos los gastos sin ningún tipo de ayuda o subvención por parte del Estado. La mayoría de ellos acuden a los hospitales cuando no les queda otra opción, sobre todo depende mucho de la gravedad que haya alcanzado su problema y esto se debe a que la mayor parte son campesinos y no cuentan con “plata”; los que trabajan, que suele ser la minoría del pueblo, no disponen de los suficientes ingresos como para permitirse el lujo de llevar a algún familiar al hospital, considerando que cada núcleo familiar tiene una media de 5 ó 6 hijos.

La estancia en el hospital por día eran 10 soles (3,61 euros) y esto sin contar con todo el material y medicinas que necesitaban. Pretendo explicar con esto que se prescinde de mucho material que aquí en España consideramos imprescindible, como pueden ser por ejemplo: los guantes. La esterilidad se podría decir que apenas existe, el “material estéril” (pinzas, tijeras, etc.) se guardaban en un pliego de papel lo más parecido al papel de embalaje, los sistemas de suero no contaban ni siquiera con llave de tres pasos, pero lo que más me llamó la atención fue el caso de un paciente que había sido operado de una colecistitis y llevaba puesto como drenaje una sonda vesical. Asimismo, también había que prescindir de gran cantidad de medicinas o emplear otras más económicas y menos eficaces.

Me resultó bastante humano el trato de las enfermeras para con los pacientes, sobre todo cuando llegaban y no tenían “plata” para costearse los tratamientos. Era maravilloso ver cómo podían sacar adelante a todas aquellas personas que, de no ser por la humanidad de esas enfermeras, no lo habían logrado .

Posteriormente, empezamos las “giras”. No tengo palabras para definir esas fantásticas “excursiones” por los pueblos más olvidados de la cordillera andina.

Todo comenzaba tras cuatro horas montada en un jeep para llegar al primer pueblo, a los pies de la cordillera, desde el cual partimos hacia el primer pueblo montañoso. Son doce horas a caballo, donde no faltan las anécdotas y complicaciones que puedan surgir en el camino. Es impresionante y en mi vida habría podido imaginar un paisaje semejante y mucho menos que yo lo cruzara. Cuando llegamos a la zona más alta de la cordillera que es el llamado “pasa breve” (a unos 4.000 metros de altura) pude sentir como nunca la pequeñez del hombre pero, al mismo tiempo, una inexplicable libertad.

Al llegar a esos pueblos tuve la sensación de estar dando un maravilloso “paseo por las nubes” ya que, a pesar del cansancio, el cariño con el que te reciben aquellas gentes es tan grande que sólo puedes percibir alegría y bienestar. Compartir con ellos la comida, sus casa y, en definitiva, su vida, les hace tener una ilusión y una fuerza interminable con la que poder sacar adelante a sus familias.

Una vez acomodados en sus casas, hablamos con la gente, nos contaron sus preocupaciones y observamos si podíamos hacer algo. Por ejemplo, vimos los medios que poseen para que sus hijos puedan estudiar, hacer proyectos para construir escuelas, salones comunales, postas médicas, etc., que a través de las hermanas y gracias a Ingenieros Sin Fronteras de Castilla-León, se pudieron hacer muchos de estos proyectos realidad. Todos y cada uno de los habitantes de los poblados donde se llevan a cabo estos proyectos, incluso de los pueblos vecinos, colaboran en sus construcciones. Son ellos quienes, aunque no tengan hijos que llevar a esa escuela lo hacen por sus vecinos, sin importarles lo más mínimo el que ellos no vayan a disfrutar directamente de esa construcción.

Cuando llegábamos a los pueblos, y tras la maravillosa bienvenida, nos invitaban a comer y, tras un breve descanso, la gente del pueblo que estaba enferma o había que curarle alguna herida se acercaba para que les ayudásemos. La mayoría de los tratamientos se basaban únicamente en darles paracetamol si les dolía algo y amoxicilina si tenían fiebre, pues tampoco se contaba con los medios para saber qué es lo que tenían y determinar su verdadero diagnóstico.

A veces me daba la impresión de que lo que hacía no tenía mucho sentido, como me ocurrió con un niño al que curé una herida que tenía en el pie (allí andan descalzos) y sentí una enorme impotencia al pensar que en dos días ya habríamos partido al siguiente pueblo y cuando regresaran las hermanas la próxima vez ya habrían pasado dos o tres meses. A lo largo del año tienen que atender a 28 anexos y hay pueblos que debido a las condiciones climatológicas del lugar, y con la consiguiente peligrosidad del camino, no pueden visitarse durante todo el invierno.

Pero encuentras un sentido a todo esto y piensas que una atención a una persona que lo necesita, por corta que sea, merece la pena, y más aún cuando ves la cara de alegría y satisfacción que muestran esos pequeños cuando les prestas un ratito de tu tiempo, mostrándote una agradable sonrisa y dándote unas “gracias” que les sale del corazón.

Por muchos que vayamos por esas maravillosas tierras a “echar una mano”, los verdaderos protagonistas son ellos, en este caso, los peruanos. Ese corazón con el que te acogen, la alegría con la que te reciben y ese amor, amor que te invade por completo, te cambia la vida, te hace valorar lo que tienes, te ayuda a entender qué es la felicidad y comprender que allí tú no vas a dar nada, sino al contrario, ellos son los que te dan, tú sólo recibes.

Para mí ya no existe Perú como país subdesarrollado o en vías de desarrollo, que es como lo concebía antes, sino que tiene nombres y, además, nombres muy bonitos y concretos: Edwin, Fany, Yus, Mabel, Vilma, Gustavito y muchos, muchos más. A todos vosotros y con todo mi cariño: gracias, sois lo mejor que, hasta ahora, ha pasado en mi vida.

García L. Perú, un maravilloso paseo por las nubes. Metas de Enfermería jul/ago 2002; 5(6):65-68.

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