Cuando fui “la enfermera del pueblo”

Hace ya algunos años, casi recién acabada la carrera de Enfermería, me tocó sustituir a un enfermero (todavía mal llamado allí ATS e incluso practicante) de una aldea, a bastantes kilómetros de casa y teniendo que atravesar varios kilómetros de carretera de curvas. Ese fue mi primer contacto con la Enfermería de Atención Primaria y, por supuesto, rural. 

El primer día que llegué allí para presentarme y conocer el destino, me sorprendió que mi nuevo lugar de trabajo iba a ser un consultorio en un pequeño edificio de usos múltiples, es decir, cualquier evento del pueblo o reunión tenían lugar allí. Para continuar con las curiosidades, me entero de que era yo la encargada de abrirlo cada mañana a las ocho en punto, cuando me hacen entrega del gran “manojo” de
llaves.

Tras mi primer contacto con el compañero al que iba a sustituir, me di cuenta que mi nuevo destino era particular, diferente a lo que estaba acostumbrada hasta el momento, tanto fue así, y esto prometo que es verídico, que a los minutos de estar allí me pusieron en el compromiso de comprar una papeleta para un sorteo, ¡sin poderme imaginar que el premio para el afortunado iba a ser un burro! Ya digo que me esperaba una etapa diferente, particular y, por qué no, divertida.

Llegó mi primer día de trabajo y tras conseguir no perderme en el camino (porque el coche había que dejarlo a las afueras del pueblo) me encuentro a una treintena de “abueletes” esperándome en la puerta y observando, además de mi significativa juventud comparada con mi predecesor, cómo no era capaz de encontrar la llave correcta de ese “manojo” y poder abrir el consultorio al que estaban deseosos de entrar y, probablemente, llevaban esperando desde el alba.

Mi primera tarea consistía en repartir, por orden de llegada, veinte números en pequeños tickets de color rosa (cómo olvidarlo), que era el número de pacientes que se podían atender en la mañana, y al que no le llegaba número tendría que esperar para el día siguiente, situación a la que estaban acostumbrados los habitantes del pueblo, no surgían discusiones ni reproches, sabían que tendrían que intentarlo al día siguiente y, por lo tanto, madrugar aún más.

Llega la hora de comenzar con mi consulta, junto a la cual se encontraba la del médico, al que respetaban y trataban casi como un dios, Don fulanito, ya se sabe… A mí me quedaba la tarea de intentar agradar a mis pacientes y parecerme en lo más posible a mi predecesor, ya que como podía imaginar comenzarían las comparaciones.

La verdad es que cuando llevaba media mañana y me pude relajar un poco, me di cuenta que no tenía por qué ser así, el compañero y yo, por razones de edad, pertenecíamos a escuelas distintas, la Enfermería ha cambiado mucho desde su formación hasta la mía así que decidí ser yo misma, hacerlo lo mejor posible, aplicando mi propia praxis y aportando ese cariño y empatía que me gusta demostrar, sobre todo cuando llego nueva a un destino y mis pacientes no me conocen, hasta ganar su confianza.

Me sorprendió la cantidad de tareas que pude llevar a cabo en aquel pequeño consultorio. Además de las técnicas básicas que tenía que realizar diariamente como curas, lavados de oídos, inyectables, cambio de vendajes… conseguí aportar mi granito de arena (o al menos eso creo) enseñando y promocionando hábitos saludables de vida, todo adaptado a mis pacientes, a su entorno, edad y nivel cultural. Realicé charlas informativas, incluso alguna enfocada a las grandes cuidadoras, elaboré folletos de dietas y alimentos prohibidos según patologías, ejercicios adaptados según la edad, etc. Cuando pasaron varias semanas, ya me había hecho al entorno, me había casi mimetizado con él. Sentí un cariño especial hacia los habitantes de ese pequeño pueblo, me sentí cómoda, a gusto con mi labor, en fin intenté aportar mi granito de arena en aquel consultorio donde la figura de su ATS de toda la vida, Don Antonio, era insustituible.

Así que por todo ello, no me importaría en absoluto repetir alguna vez más en mi carrera y volver a ser “la enfermera del pueblo”.

Labella García L, Pozo Reina ML. Cuando fui “la enfermera del pueblo”. Metas Enferm dic 2016/ene 2017; 19(10): 77-78

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