De la cofia al fonendo, estereotipos enfermeros

La imagen de una enfermera, aun en la actualidad, es indisoluble de la del uniforme antiguo, que tuvo su origen en los hábitos de las monjas que cuidaban enfermos durante las campañas militares a principios del siglo XIX. Actualmente se sigue percibiendo la profesión como un campo mayoritariamente femenino, y, de esta forma, los medios de comunicación y la publicidad han fomentado la sexualización de la percepción que la sociedad tiene de labor que desempeñan las enfermeras.

Este artículo trata de explicar cómo se ha dado este hecho, indagando en los antecedentes históricos y analizando el efecto que los medios han tenido en la adopción de la imagen que la mayoría de la población tiene no sólo de las enfermeras, sino también del sector masculino de la profesión, que se enfrenta, asimismo, a otra clase de estereotipos.

Parte del trabajo que desempeñan las enfermeras queda difuminado en la sociedad actual por la sexualización de la profesión que los medios de comunicación y, sobre todo, la publicidad han llevado a cabo. El principal elemento que se utiliza para tal fin, según diversos estudios, es la imagen anticuada del uniforme profesional. La cofia blanca y la escasa longitud de la falda de las enfermeras son elementos que se repiten constantemente en los anuncios.0898 Australia copia

A este respecto, Manuel-Ángel Calvo Calvo, doctor por la Universidad de Sevilla, en su estudio Estereotipos y sesgos sexistas asociados al modelo de mujer enfermera en la comunicación publicitaria (2014), en el que analizaba el impacto de la profesión en cuatro espacios comerciales diferentes, concluía: «A esta forma de resaltar el cuerpo de las mujeres mediante las vestimentas, se unen las acciones que desarrollan las enfermeras en esos mismos anuncios y que también son impropias de su ejercicio profesional, como bailar y cantar rodeando a un hombre desnudo, con forzadas y poco naturales poses del cuerpo, gestos y guiños, insinuantes, sensuales y provocadores».

Pero ¿qué errores encierra la publicidad?, ¿cómo era originariamente la indumentaria?

Origen y evolución del uniforme

El atuendo profesional tiene su origen en el siglo XIX, deriva de los hábitos que usaban las religiosas encargadas de cuidar de los enfermos en las campañas bélicas. Con la profesionalización de la enfermería, que vino con la guerra de Crimea (1853-1856), se empezaron a crear asociaciones y escuelas enfermeras, como la Cruz Roja, o en España la Organización Colegial de Enfermería, y la indumentaria se fue adaptando a la coyuntura social de la época.

Florence Nightingale fue una de las enfermeras pioneras en cambiar el uniforme profesional, aunque estos nuevos atavíos se asemejaban al antiguo hábito monacal: el diseño de Nightingale, descrito en su obra Notas de enfermería (publicada por primera vez en 1959), se basaba en una larga falda gris y chaqueta de terciopelo que permitía ver los puños y el cuello de la blusa, además de la renombrada cofia de encaje que se situaba en la cabeza de las enfermeras. La Cruz Roja, por su parte, utilizaba un delantal blanco con su logo, que también se incluía en la cofia, que las profesionales se vestían encima de una blusa azul. En los primeros años del siglo XX, el conjunto se blanqueó, se estrechó y se acortó.

Fue en la década de los 70 del siglo pasado cuando el uniforme pasó a considerarse prácticamente como una herramienta más de trabajo que aglutinaba las características de comodidad y funcionalidad con las que cuenta actualmente la ropa profesional obligatoria, desligada ya completamente, por lo menos en aspectos intrínsecos de la profesión, de consideraciones de índole religiosa o bélica que, como se ha visto, han condicionado su evolución, su desarrollo y, en parte, la imagen que proyecta, aunque esta última, como se ha citado y como se ampliará más adelante, recae mayoritariamente sobre los medios de comunicación y la publicidad.

Creación de la imagen mediática

El imaginario colectivo está dominado por la asimilación femenina de la profesión enfermera, es decir, los dos conceptos son inseparables. Y esto, según diversos estudios, repercute negativamente en ambos géneros.

En cuanto a la feminización de la enfermería, Matilde Celma Vicente y Ángel Acuña Delgado de la Universidad de Granada, afirman en su estudio Influencia de la feminización de la enfermería en su desarrollo profesional (2009), en el que buscan empíricamente, investigando a profesionales sanitarios que trabajan en la provincia andaluza, las diferencias conceptuales entre hombres y mujeres, que dicho fenómeno «repercute en la distribución de los puestos de trabajo e interfiere en su desarrollo profesional y en la productividad laboral. Hemos visto cómo en las organizaciones ámbito de nuestro estudio, prevalecen actitudes que muestran cómo se le confiere a los cuidados una categoría inferior, y los aleja de lo “científico” (lo gordo, en el discurso de las enfermeras) para situarlo en lo “doméstico”. Esto ha sido propiciado por una visión sesgada, que históricamente ha categorizado y distribuido los roles sociales en “femeninos” y “masculinos”, asociando los segundos a una categoría superior o dominante».

untitledPor otro lado, en este sentido, el portal de contenido enfermero www.generacioneselsevier.es llevó a cabo una investigación, titulada El prejuicio de los estereotipos cuando el profesional de enfermería es un varón (2013), en el que, citando un estudio de la Facultad de Enfermería y Obstetricia de la Universidad de Sidney Occidental, en Australia, basado en el análisis de series televisivas de temática sanitaria, se ponía de manifiesto que la mayoría de los personajes enfermeros de estas series eran presentados con una tendencia sexual claramente identificada, como mera fuente de comicidad o como simples ayudantes del personal médico. Para realizar estas afirmaciones, la investigación se apoyó, principalmente, según el portal web «en la forma de hablar y vestir de los personajes, la cantidad de tiempo que dedican a ellos y el poder relativo que tienen dentro de la jerarquía de los demás personajes». Estos hechos no favorecen la presentación social que se da del sector masculino de la enfermería, lo que, como se ha visto, repercute negativamente en la concepción que se tiene de la misma en ciertos sectores poblacionales que tengan, por ejemplo y por citar los casos del estudio, prejuicios contra colectivos homosexuales.

En este sentido, la cita del doctor Calvo (2014), previamente enunciada, es la que mejor ilustra la concepción que los medios de comunicación, en los que se incluye el cine, y la publicidad transmiten a la sociedad con sus mensajes; y en su mismo estudio se clarificaque «en la publicidad que aparecen mujeres enfermeras con falda y cofia blanca se transmiten estereotipos sexistas como el estereotipo de rol profesional de la enfermera como profesión vinculada tradicionalmente al género femenino. Este estereotipo ha aparecido en dos de sus variantes: en una mayoría de ocasiones la enfermera aparece representada mediante el estereotipo profesional de enfermera seductora y minoritariamente se la representa mediante el estereotipo de mujer enfermera combativa o agresiva. También aparecen estereotipos ligados a características de personalidad de las enfermeras como ternura, falta de control, afectividad marcada, frivolidad, pasividad, sumisión, docilidad y subordinación en su quehacer profesional. Igualmente, se han detectados dos estereotipos ligados a roles sociales: el de mujer dedicada a actividades y cuidados elementales, y mujer considerada con simple valor estético y sexual».

Así, las series de televisión y películas, y mucho menos los anuncios, como se ha podido ver, no reflejan, en modo alguno, la labor de los profesionales enfermeros ni ponen de manifiesto el trabajo que desempeñan. Más bien, en el caso del sector femenino, lo sexualizan con fines comerciales. La asociación e identificación del uniforme antiguo, en desuso desde el siglo pasado, con la imagen de la enfermera no hace sino perjudicar el concepto social que se tiene de la misma, disminuyendo el impacto de las aportaciones reales que las profesionales hacen al día a día de los pacientes y minimizando los cuidados imprescindibles que les administran para completar su curación. Sin esta labor, el proceso sanitario quedaría incompleto.

Fomentar estereotipos de índole sexual o cómica, aunque de dudoso gusto, daña seriamente el trabajo de los enfermeros, satirizándolo y, al mismo tiempo, menospreciándolo para causar la carcajada fácil. Estos factores pueden llegar a provocar que los profesionales sean objeto de burla o prejuicios por parte de ciertos sectores de la población. Lo reflejado en los medios de masas, como en el caso femenino, dista de la realidad cotidiana que encaran los profesionales masculinos.

A modo de conclusión, solo queda añadir que los medios, con su enorme capacidad de difusión y, en cierto sentido, dogmatizante, tienen el poder de permitir que esto se siga dando o de cambiar y reflejar la realidad de una profesión con la misma importancia que el resto de las del ámbito sanitario.

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