Ángeles de la guarda

infarto

Son ya 14 años los que llevo trabajando como enfermera, 14 años de contratos, 14 años danzando por innumerables servicios y puedo afirmar que he aprendido mucho en el ámbito profesional, he adquirido una gran capacidad de adaptación, he aprendido a trabajar bajo la presión de no conocer cómo funciona el servicio, el aparataje, ni el nombre de mis compañeros. He pasado ansiedad al enfrentarme a situaciones de urgencias para las que no te han preparado en la universidad, el simple hecho de no encontrar en el cajón la medicación de urgencia que te están pidiendo en esos momentos en los que hay una vida en juego te marcan para siempre.

Sin embargo, durante mis 14 años de experiencia como enfermera no solo hay tensión y estrés, también hay muchos momentos buenos, de risas, de complicidad con los compañeros, de humanidad con los pacientes, instantes en los que simplemente apretar la mano al paciente que pasa por un mal momento te reconforta, el sentir que estás ayudando y animando a quien lo necesita. Esas vivencias también marcan para siempre y esa sensación tan bonita que te inunda no se puede explicar si no la has vivido, si no eres enfermera. Como una vez me dijeron, para quien te necesita, somos ángeles de la guarda.

Una de las experiencias que he vivido durante mis años de profesión que más me ha marcado tuvo lugar en Baleares. En esa época yo estaba trabajando en la preciosa isla de Mallorca, que por cierto siempre tendrá un rinconcito en mi corazón por todo lo vivido allí, tanto en el ámbito profesional como personal. Pues bien, el servicio en el que trabajaba era el de Cardiología y cirugía cardiaca. Me apasionaba esa especialidad, ver cómo ingresaba un paciente que apenas podía caminar debido a que por las arterias y venas de su corazón solo corría un hilo de sangre a causa del gran estrechamiento de los vasos de su miocardio, y cómo una vez intervenido, a los pocos días ya estaba paseando por la unidad, comiendo sin fatigarse y duchándose él solo sin ayuda. En definitiva, el paciente se iba de alta a casa con una mejora increíble en su calidad de vida.

El caso que a mí me impactó y me marcó fue el de una pareja de un pueblo de Mallorca, no diré cuál para respetar su intimidad. Pongamos que se llamaban Ana y Juan, así no desvelamos tampoco sus nombres. Pues bien, este matrimonio se dedicaba a la agricultura, trabajo muy duro, de mucho esfuerzo físico y sacrificio. De mediana edad y sin hijos, solo se tenían el uno al otro y quizás por esto se veían tan unidos y con tanta complicidad. Juan, según me contaba Ana, era muy buen hombre, con un corazón que no le cabía en el pecho, pero muy terco. En la unidad ya los conocíamos porque Juan ya había estado ingresado anteriormente debido a una angina de pecho, que se solucionó tras un cateterismo en el que le pudieron poner un stent. Al irse a casa de alta le explicamos bien la importancia de que siguiera el tratamiento, de que se cuidara y que llevara una dieta sana y equilibrada.

Como dije antes, Ana ya me comentó que Juan era algo terco, no seguía bien las indicaciones que le dimos y no siempre acudía a los controles médicos. Un buen día, trabajando en el campo se sintió indispuesto y se desplomó al suelo. Ana que estaba con él en esos momentos llamó a la ambulancia y rápidamente lo trasladaron a urgencias. Juan había sufrido una bradicardia extrema y le tenían que poner un marcapasos, los médicos le dijeron que su cuerpo no aguantó el duro ritmo de trabajo en el campo y a ello se sumaba la no adhesión de Juan al tratamiento.

Al llegar al hospital le pusieron un marcapasos externo, un aparatito que se conecta a través de unos cables al corazón, estimulándolo para que lata correctamente hasta que al paciente le implantan un marcapasos definitivo. Cuando ingresó en nuestra unidad lo primero que me dijo es que se habían llevado un gran susto, que cambiaría su estilo de vida y llevaría el tratamiento y las indicaciones que le diéramos al pie de la letra. Estaba muy desmejorado y cansado, pero era un hombre fuerte y con mucho ánimo, algo importante para la recuperación.

Era martes, yo tenía turno de noche, y cuando entré a su habitación a darle la medicación que le tocaba tomar me dijeron Ana y él que a la mañana siguiente le pondrían el marcapasos, así que estaban muy animados; yo me puse muy contenta con la noticia. Entre risas me dijo que iba a echar de menos la radio pegada a él, se refería al marcapasos externo. Tras darle la medicación, eché un vistazo al marcapasos, funcionaba perfectamente, también revisé la pila (los marcapasos externos llevan una pila, como los juguetes de los niños, solo que el corazón del paciente depende de que el marcapasos funcione o no). Todo estaba correcto. Les di las buenas noches y fui al control de Enfermería con mis compañeros. Allí teníamos una pantalla donde monitorizábamos el ritmo cardiaco de los pacientes por si algo iba mal.
A los cinco minutos escuchamos voces despavoridas que venían del final del pasillo, nunca olvidaré aquellos momentos, al instante ya sabíamos lo que estaba ocurriendo, en el control de Enfermería el monitor comenzó a pitar, era el corazón de Juan que dejaba de latir, ya no se veía la curva que dibujaba en la pantalla al latir, sino una línea recta.

Fuimos todos mis compañeros corriendo y nos encontramos a Juan en el suelo desmayado, comprobamos que la pila del marcapasos estaba mal colocada, rápidamente la pusimos bien, y a los pocos segundos Juan volvió en sí, preguntando por qué había ese alboroto. Ana nos explicó entre lágrimas y sollozos que se le cayó al suelo el marcapasos, se abrió la ranura de la pila y esta quedó mal colocada. Os podéis imaginar los momentos de tensión y angustia que pasamos hasta que Juan volvió en sí, Ana no paraba de llorar y de agradecernos la rapidez con la que actuamos, le dije que para eso estábamos allí, para cuidar de los pacientes. La cogí de la mano para consolarla y tranquilizarla, su mirada y sus gracias tan de corazón nunca se me olvidarán.

A la mañana siguiente y tras el gran susto, le implantaron el marcapasos definitivo, todo fue sobre ruedas y en unos pocos días Juan y Ana estaban en casa.

Al despedirse de mí, Ana me dijo que Juan había vuelto a nacer aquella noche, gracias a unos ángeles de la guarda que éramos nosotros, ya que había presenciado cómo su marido perdía la vida durante unos segundos, para luego volver con ella.

Pozo Reina ME, Labella García L. Ángeles de la guarda. Metas Enferm feb 2017; 20(1): 79-80

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