Carta de una enfermera: ‘Una Nochevieja trabajando’

Una enfermera, tras pasar la noche de Año Nuevo trabajando, escribió una carta para recordar la importancia de todos los funcionarios a pesar de que muchas personas los consideran unos privilegiados:

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Diana, autora de la carta

Funcionarios: una Nochevieja trabajando

Empecé a escribir esto para contar cómo era pasar un día festivo sin tu familia, pero al final se transformó en una queja a todas aquellas personas que atacan a los funcionarios.

Cuando dices funcionario, todo el mundo piensa en una señora que trabaja tras un mostrador en una oficina de atención al cliente, que abre la ventanilla a las 10, cierra a las 11 para desayunar, vuelve a las 12 y cierra a las 13 para comer. Pero la realidad va más allá, pues esos horarios no existen y si bien puede haber alguna persona en la administración que trabaje menos de lo que debería, la realidad es que cumplimos con nuestros horarios y nuestro trabajo. Funcionarios son las personas que han aprobado una oposición y tienen plaza en propiedad, pero a todas las personas que trabajan para la Administración Pública, aunque no tengan plaza, las tratan como a funcionarios. En realidad no todos los “funcionarios” tienen trabajo fijo y estable, como la gente cree. El personal laboral, los interinos y el personal eventual trabajan para la administración sin vinculación estable. El personal estatutario también se considera funcionario, pues trabaja para la administración, teniendo los mismos deberes, pero no los mismos derechos, pues no tienen plaza en propiedad. Vamos, que funcionarios reales hay muchos, pero personal no funcionario que trabaja para la administración hay muchos, muchos. Y a todos nos llaman funcionarios, así que a partir de aquí, cada vez que diga la palabra funcionario, me refiero a todas las personas que trabajan de un modo u otro para el estado.

En el año 2012 había 2.917.200 personas trabajando para la Administración Pública, pero no todas esas personas tienen un trabajo fijo, hay mucha precariedad. Los trabajadores de las Administraciones Públicas comprenden los que trabajan en diputaciones, ayuntamientos, universidades, justicia, fuerzas armadas, cuerpos de seguridad, administración general y de las comunidades autónomas, educación y sanidad, entre otros.

Hace unos cuantos años, cuando empezó la crisis en España, una de las medidas que se tomaron fue congelar el sueldo de los funcionarios. También nos bajaron el sueldo un 5%. Desde el año 2010 todos los empleados públicos cobramos un 5% menos y nuestro salario no sube ni el IPC anual. También hemos perdido una paga extra y hemos aumentado nuestra jornada laboral. Cada vez contratan menos gente y las bajas por enfermedad casi no se cubren. En resumen, trabajamos más horas, con menos personal, lo que se traduce en más carga de trabajo y por menos sueldo. Paradójicamente, los políticos no son empleados públicos y aunque en aquella época presumiesen de haberse reducido el sueldo, la realidad es que bajaron de un sitio pero subieron de otro.

A pesar de todos estos inconvenientes, siempre hay gente que se alegra de las desgracias ajenas y se molesta de las ventajas. Cuando hay una noticia buena, por ejemplo, que las funcionarias embarazadas tendrán derecho a una baja maternal a partir de las 37 semanas, muchas personas que no trabajan para el estado insultan, se quejan, llaman vagos a todos los funcionarios…y cosas mucho peores. En vez de alegrarse por una mejora de la calidad de vida y pensar que es un pequeño paso para que las empresas privadas tomen nota e intenten mejorar, sólo saben escupir mierda. En cambio, si la noticia es que los funcionarios van a perder algún beneficio, como sueldos congelados, mucha gente se alegra y cree que nos lo merecemos.

España es un país en el que muchas veces me da vergüenza vivir. Yo no me alegro por las desgracias ajenas, me entristezco. Y yo no me enfado por las ganancias ajenas, me alegro por ellos. Es cierto que el trabajo está fatal y que muchas personas no tienen trabajo o si lo tienen es precario, pero el personal funcionario no es el culpable de la situación.

Hace unos años me enfadé con un conocido. El gobierno acababa de anunciar la bajada de sueldos a los funcionarios y también anunció una bajada de sueldos a los trabajadores del Metro. Casualmente, este conocido trabajaba en el metro y la casualidad quiso que en esos días quedásemos varios amigos para vernos y salió el tema. Ambos estábamos indignados, evidentemente. El problema fue que esta persona quería que todos los funcionarios perdiésemos parte de nuestro poder adquisitivo, pero no así los trabajadores de metro. Argumentaba que su trabajo era más importante que el mío y que nosotros nos lo merecíamos y ellos no. Después de discutir bastante y no llegar a ningún sitio, evidentemente nuestra amistad se resintió. ¿Es más importante estar en la taquilla del metro que curar a un niño con una neumonía? ¿Es más importante conducir un tren que impedir un atentado? Son comparaciones extremas, pero es lo que yo intentaba plantear. Por mi parte, creo que todos, absolutamente todos, desempeñamos un trabajo importante e igualmente válido y que ninguno deberíamos sufrir discriminación por eso. Yo no me alegraba por que los trabajadores del metro perdieran parte de su sueldo, me enfadaba con ellos. Pero hay personas con las que no merece la pena discutir.

En mi vida he conocido a mucha gente. Muchas personas que trabajan para empresas privadas. Y como en todos los trabajos, hay de todo, cosas buenas y cosas malas. Conozco a alguien que trabaja de administrativo en una empresa privada y cada día, a media mañana, apagan los ordenadores y se bajan al bar de la esquina a desayunar, su media hora no se la quita nadie. Yo trabajo en un hospital público y tenemos tanto trabajo que raro es el día que puedo hacer un descanso para tomarme un café y cuando lo hago no dura más de 10 minutos. Trabajando precariamente para la empresa pública, jamás he recibido una cesta de navidad, por poner un ejemplo; en casa de unos familiares entran dos cestas cada año. A ellos, aunque poco, les han subido el sueldo cada año, a nosotros nada. Unos tienen unas ventajas y otros, otras.

Empecé a escribir para hablar de la Nochevieja. Mucha gente tuvo que trabajar esa noche, funcionarios entre ellos. Miles de personas como yo, nos perdimos despedir el año con nuestras familias por cuidar de pacientes que estaban enfermos, por acompañar a sus familiares, por curar, por proteger, por mantener la seguridad en las calles. Pasé la noche tranquilizando a un abuelito al que habían dejado solo esa noche y que me repetía que ojalá volviese Franco, pues en aquella época se vivía mejor. Pasé la noche dando cariño, quitando el dolor, calmando ansiedades, poniendo tratamientos, cambiando pañales y vaciando pises. Mucha gente pudo tomarse las uvas en la Plaza Mayor con seguridad gracias al dispositivo de seguridad que se había montado. Esa noche se trataron borracheras e indigestiones, cólicos nefríticos e infartos. Esa noche se curó la bronquiolitis de un bebé de 3 meses y se extirpó el apéndice de un adolescente a punto de entrar en shock. Esa noche se apagaron incendios, se evitaron reyertas, se controló que la gente no condujese borracha ni drogada, en Madrid, en Málaga y en toda España. Miles de personas, “funcionarios” (y lo pongo entre comillas para recordar que de todos esos miles de trabajadores, muchísimos no somos fijos) estuvimos al servicio del resto, aunque muchas personas sigan criticando nuestro trabajo.

Para mí no son importantes estas fiestas, yo no siento el espíritu navideño. Son unas fiestas muy familiares y lo paso mal, pienso mucho en Jose. Pero aunque a mí no me gusten, a los niños les encantan, y por eso las disfruto, por compartir los momentos con ellos. Este año Sara ha disfrutado de las campanadas. Cuenta mi madre que un rato antes estaba nerviosa con sus uvas preparadas. Yo le había explicado cómo se hacía y ella estaba deseosa de que empezasen las campanitas. Y se comió todas las uvas. Pero eso lo sé porque me lo contó mi madre, no porque yo viviese esa magia con ella. Yo estuve trabajando en Nochevieja, con una sonrisa en la cara y rodeada de unos pedazo de profesionales que también se perdieron una mágica noche por cuidar de los demás.

Así que por favor, la próxima vez que pienses que los funcionarios nos tocamos las narices, no trabajamos, tenemos un empleo del que no nos pueden echar (yo llevo 18 años trabajando como enfermera y no tengo trabajo fijo), y nos merecemos que nos recorten el sueldo, la próxima vez te invito a que releas esto y recuerdes que lo que hicimos en Nochevieja lo hacemos los 365 días del año y las 24 horas del día.

Texto original extraido del blog personal de Diana, la autora de la carta: https://felizenbrazos.com/2016/01/04/funcionarios-una-nochevieja-trabajando/

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