El momento exacto

medical doctor comforting senior patientTerminé la carrera de Enfermería en el año 1997. ¡¡Qué de recuerdos!! Me acuerdo de mis compañeros, de mis amigas y amigos de promoción. Amistades en algunos casos ya perdidas, creo que debido a mi carácter. Ya han pasado 19 años si las cuentas no me fallan.

Hoy estoy de vacaciones, es 2 de julio y tengo fiesta hasta el 21 de este mes, y me apetecía escribir un relato, tras haber instalado algún componente nuevo en mi ordenador, Gaming, que es como llaman los “informáticos-frikis” a los ordenadores montados por piezas, que proporcionan la suficiente potencia para ejecutar los juegos más modernos y exigentes del mercado, en lo que a hardware se refiere. He disfrutado como un niño montando mi nuevo juguete, como el niño que llevo dentro a pesar de mis 41 años.

Ahora estoy sentado en el sofá del cuarto del estar y, frente a mí, la mujer más maravillosa del mundo, mi madre. Estoy en su casa, suelo estar en ella. Mi madre está enferma y yo le cuido. Supongo que mi destino era cuidar de los míos, al igual que cuido de los pacientes en mi centro de trabajo. Un destino que acepto con agrado porque yo elegí mi profesión. Aunque siempre que escribo no puedo evitar quejarme de lo poco valorada y reconocida que está en el ámbito político y social. Soy enfermero y trabajo en urgencias, enfermero raso, de los que parecen que trabajan a destajo.

Han pasado muchos años, lejos queda la falta de experiencia de los inicios de la profesión, lejos quedan los miedos no infundados del desconocimiento del mundo laboral sanitario.
Soy un profesional más, con unas características propias, que me diferencian y me hacen igual a mis compañeros. Un profesional que quería escribir un relato, a modo de homenaje de mí a los míos, a mi familia, a mis compañeros y a los numerosos alumnos de Enfermería que he conocido, todos ellos excelentes personas, excelentes alumnos y, al día de hoy, estupendos profesionales de este servidor público. Un homenaje para, en mi opinión, la mejor profesión del mundo: la Enfermería.
Todavía recuerdo el momento exacto en el que decidí ser enfermero, el momento exacto cuando elegí la profesión que tanto quiero. El instante cuando me puse por primera vez mi uniforme de prácticas, cuando pinché mi primer glúteo, mi primera vena e hice mi primera gasometría, el momento cuando aprendí a interpretar electrocardiogramas, cuando escribí mi primer artículo.

También me acuerdo del momento cuando admiré la labor de Florence Nigthingale y vi la importancia y la repercusión de su trabajo en los cuidados durante la guerra. El momento en el que me sentí responsable de la formación de mi primer alumno de Enfermería, el momento cuando cambié mi primer pañal, cuando hice mi primera cama hospitalaria, cuando revisé el carro de curas, cuando hice lo propio con el del urgencias. El momento cuando realicé mi primer masaje cardiaco, cuando hice mi primer triaje, asistí a mi primer curso, puse mi primera quimioterapia, cosí mi primera herida. Cuando revisé las caducidades de la medicación, di clase a un residente de Medicina y consejo de tratamiento a otro, y al contrario, el momento cuando cada uno de los residentes, adjuntos, auxiliares o celadores me enseñaron también a mí. Tantos momentos en esta profesión de sangre, sudor y lágrimas que no todo el mundo lo podría entender. Tantos momento en esta profesión de heces, vómitos, orines y mucosidades.

Estoy de vacaciones y recuerdo las palabras de mi última alumna, quería que escribiera sobre los alumnos de Enfermería. Quizás debería hacerlo por ese brillo en los ojos, esa ilusión del alumno enamorado de su futura profesión, las ganas de aprender, las dudas que te ponen en compromiso, las dudas que te obligan a reciclarte, su juventud, esa disposición a aprender, el temor de otros a preguntar. No cambiaría a ninguno de mis exalumnos.

He sido un hombre afortunado, he visto mi amor por la profesión a través de sus ojos, yo he sido el espejo que reflejaba su ilusión. Si alguna o alguno de ellos está leyendo este pequeño relato, recuerda lo que siempre te dije cuando hacías una buena labor: “ya estás preparada o preparado para el mundo moderno”. Y no mentía, lo estaban. Lo que no sepáis lo aprenderéis, tenéis la actitud correcta.

Gracias por aprender conmigo, gracias por aprender de mí, gracias por vuestras enseñanzas. Simplemente, gracias por vuestra actitud, vuestra compañía, vuestra ayuda, vuestra valentía, vuestros esfuerzos, vuestro respeto. Gracias por querer hacer del mundo un lugar mejor. No solo del mío, sino del de todos. Gracias.

El momento exacto. González Cordeu A. Metas Enferm oct 2016; 19(8): 78-79

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *